Jorge Cob Cab, el hombre que convirtió la fotografía en el sustento y la memoria de San Diego

En la comunidad de San Diego vive un hombre que, durante casi dos décadas, ha mirado la vida a través de un lente. Se llama Jorge Cob Cab, y su historia es la de alguien que aprendió el oficio de la fotografía en los años en que las cámaras eran manuales y cada disparo era un riesgo calculado: si fallaba la toma, se perdía un instante irrepetible y también uno de los 36 espacios del rollo.


“Empecé en Cancún, con cámaras Penta, Minolta, Kodak… todo manual, nada digital. Tenías que medir la luz, calcular el tiempo, ajustar la apertura. Si no salía, se perdía el rollo entero”, recuerda Jorge, con esa mezcla de orgullo y nostalgia que solo tienen quienes saben lo que costaba capturar una imagen en los años del revelado químico.


Lo que comenzó como una curiosidad —con una pequeña cámara de rollo 110— pronto se convirtió en pasión y luego en sustento. Jorge empezó vendiendo sus fotos a un peso, como muchos “peseteros” de la época. Con el tiempo, su trabajo fue ganando calidad, prestigio y clientes. Ya no era solo el muchacho con una cámara; era el fotógrafo al que la gente buscaba para bautizos, bodas, primeras comuniones y, sobre todo, para conservar recuerdos.


“Llegué a revelar hasta 300 rollos en una sola temporada de graduaciones”, cuenta con una sonrisa. “En un evento no había fotógrafo exclusivo, así que nos metíamos varios y cada quien ofrecía sus tomas. Se pedían 15, 20 fotos por familia. Había trabajo de sobra”.


Pero la tecnología cambió las reglas del juego. Primero llegaron los celulares con cámara, después la impresión barata en cibers y, finalmente, la costumbre de guardar los recuerdos en digital sin pasarlos jamás al papel. Lo que para muchos era novedad, para fotógrafos como Jorge significó un declive. Las fotos infantiles en blanco y negro, que alguna vez le dieron un ingreso seguro en las escuelas, fueron sustituidas por maestros con celulares y ediciones rápidas en computadora.


“Ya no es como antes”, admite. “Pero todavía me buscan. Tengo clientes fieles que, aunque tengan celular, me llaman porque saben que la fotografía profesional es otra cosa. Saben que ahí queda el recuerdo como debe ser”.


Más allá del oficio, la fotografía fue para Jorge una herramienta de vida. Con su trabajo pudo sostener a su familia y dar educación a sus hijos. Hoy, uno de ellos es licenciada, otro chef, y uno más trabaja como mesero con dominio de idiomas. “Lo mucho o lo poco que gané, sirvió para sacarlos adelante”, dice con satisfacción.


En su voz se percibe el mismo dejo nostálgico que en su mirada. No es solo la historia de un fotógrafo: es el relato de una época en la que la fotografía era paciencia, química y oficio; en la que capturar un instante costaba tiempo, dinero y, sobre todo, entrega.


Jorge Cob Cab aún carga su cámara, aún responde llamadas de clientes que quieren inmortalizar sus momentos. Lo hace con la certeza de que, aunque el negocio ya no sea lo que fue, en cada disparo sigue habitando la misma ilusión que lo llevó, hace casi veinte años, a mirar la vida a través del visor: la ilusión de detener el tiempo.

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