La ‘Ciudad de los Muertos’, metrópolis en el Cairo

Longyearbyen, en el ártico de Svalbard, una isla donde está prohibido morirse, no hay cementerios desde hace un siglo…

SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

El Bestiario

Hay cementerios famosos a lo ancho y largo del mundo, algunos lo son por su antigüedad, otros por los personajes célebres que descansan en ellos, algunos más porque los hemos visto en alguna que otra película o porque atesoran viejas leyendas de zombies o vampiros… Visitamos a cuenta del tan español Día de Difuntos y del mexicano Día de los Muertos, dos cementerios que recorrí como corresponsal internacional durante mis visitas a El Cairo, en Egipto, en el Mediterráneo Oriental y a las Islas Svalbard cercanas a Noruega, al Norte de la Unión Europea. En El Cairo visité la denominada ‘Ciudad de los Muertos’, un cementerio donde conviven con los muertos un millón de cairotas. Una necrópolis convertida en metrópolis. Y en las tierras cercanas al Ártico, aluciné en Longyearbyen, donde nadie puede morirse y si lo hace, sus restos tienen que trasladarse fuera de la isla donde no hay cementerios desde hace cien años…

“No hay motivo para tener miedo de los muertos”, sonríe Fathiya. Ella, su marido y sus seis hijos viven en el panteón de la familia Zaruq, un notable de la época otomana cuyos descendientes siguen siendo enterrados bajo las losas sobre las que tiende la colada y corretean los pequeños. El mausoleo, cuyo pórtico testimonia un pasado mejor, se halla en la calle Al Hasan al Malakia de Qarafa, el conjunto de cementerios de El Cairo conocido como la ‘Ciudad de los Muertos’. La escasez de pisos asequibles confina a 15 de los 80 millones de egipcios a vivir en infraviviendas, algunas tan insólitas como barcas de pesca en el Nilo, chamizos levantados sobre las azoteas o panteones en los cementerios. Pero el lugar en el que vive Fathiya se parece poco a un camposanto occidental. Las construcciones funerarias dan fe de la tradición egipcia de sepultar a los muertos en ‘habitaciones’ que permitieran a sus familiares pasar con ellos el duelo de cuarenta días. “Llevamos 27 años viviendo aquí”, cuenta mientras franquea el paso hacia el soleado patio bajo el que se hallan las tumbas. Tras el zaguán se perciben dos pequeñas habitaciones y una cocina. No tiene agua corriente ni electricidad, pero no se queja. Sin duda le hubiera gustado tener una casa más convencional.

“Imposible al precio que están los alquileres”, se resigna. Además, está acostumbrada al cementerio. Ha vivido aquí toda su vida ya que su padre, Ali Mustafa, trabaja de enterrador desde que hace 60 años emigrara a la capital huyendo de la miseria de Sohag, en el Alto Egipto. A sus 81 años, Ali Mustafa no sólo sigue activo sino que es la memoria histórica del lugar. Conoce a cada una de las grandes familias que tienen a sus muertos enterrados en este sector de la necrópolis. Así que cuando supo que Fathiya se iba a casar, no le costó mucho convencer a los Zaruq para que les confiaran a ella y su marido el cuidado del mausoleo a cambio de poder vivir en él. Otros pagan unas libras a los guardianes del cementerio para que les dejen alojarse en su recinto. No es anecdótico. El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU ha mostrado su preocupación por el fenómeno: un millón de egipcios residen entre los muertos.

Unos 50.000 viven en tumbas propiamente dichas. El resto se apretuja en infraviviendas construidas sobre antiguos sepulcros. Algunos han tirado cables del poste eléctrico más cercano o desviado conducciones de agua. Incluso han surgido pequeños talleres, tiendas, bares, ‘plazas 21’… que cubren las necesidades de sus habitantes. El deambular de transportistas con sus carros tirados por animales o pequeñas y un tanto destartaladas camionetas europeas Mercedes, Peugeot, Renault…, descargando mercancía es una constante. Los coches del año aparcados frente a algunas de estas ‘casas’ apuntan a cierto progreso socioeconómico de sus ocupantes. El olor recuerda que no hay servicio de alcantarillado ni de recogida de basuras porque la ocupación de Qarafa sigue siendo ilegal. Y el estado egipcio ha reconocido sus necesidades: En la calle Al Hasan al Malakia hay una mezquita y una escuela primaria. En algunas esquinas el olor recuerda que no hay servicio de alcantarillado ni de recogida de basuras porque la ocupación de Qarafa sigue siendo ilegal. En nuestro periplo por sus calles y tumbas coincidimos con un vecino, Omar, un joven profesor de Literatura Española en la Universidad del Azhar, uno de los centros de enseñanza superior más antiguos del mundo. Sus ‘fatwas’ (pronunciamientos legales) han sido muy respetados por la comunidad suní, mayoritaria en el Islam. Una institución con solera que resiste tendencias y el paso del tiempo. Pese a las contradicciones y los problemas de censura y derechos humanos, es un centro vivo que refleja los cambios en la sociedad egipcia y la lucha de los más jóvenes por la libertad y la democracia en dicho país. El escritor español Juan Goytisolo me sirve de vaso comunicante con Omar…

Este suburbio de El Cairo está situado, no a las afueras precisamente, sino en pleno centro de la ciudad, cerca de la plaza Tahrir. La ‘Ciudad de los Muertos’ es un gigantesco cementerio que en su día, tras la ocupación del Sinaí por parte de Israel en la Guerra del Yom Kipur (1973), fue utilizado por miles y miles de desplazados egipcios como vivienda. También llegaron miles y miles de agricultores que vieron cómo el Nilo, en sus ancestrales crecidas ya no deposita en sus tierras el limo, un fertilizante natural. Una obra faraónica, como fue la presa de Asuán, construida por Nasser y sus socios de la antigua Unión Soviética, sirvió para amortiguar los efectos en vidas humanas de las bíblicas crecidas del Nilo, pero nadie tuvo en cuenta la retención del limo, arrastrado por las aguas que llegan desde el Lago Victoria en Tanzania. Es verdad que se salvaron miles de monumentos, como es el caso de Abu Simbel, acorralados por el amenazante río más largo del mundo.

En realidad, esta ‘Ciudad de los Muertos’ podría llamarse el cementerio de los vivos, como decía Juan Goytisolo, residente desde hace más de veinte años en la ciudad marroquí de Marrakech, el único escritor español que dominaba la lengua árabe dialectal desde el Arcipreste de Hita. Este catalán era autor de obras de obligada lectura si uno desea adentrarse en el ignorado mundo árabe, aderezado, en ocasiones, de otras culturas bereberes, como ocurre en el Norte de África, desde Marruecos a Egipto, pasando por Túnez, Argelia y Libia. El autor de “El problema del Sahara”, “Crónicas sarracinas”, “Makbara” y “Estambul”, se sintió muy a gusto con algunos de los vivos de esta ciudad. “Es una abigarrada y fascinadora aglomeración urbana rebosante de vida. La muerte en la cultura occidental es ocultativa. Yo viajé a El Cairo y logre vivir en la ‘Ciudad de los Muertos’. Es un cementerio enorme, donde vive un millón de personas: se han construido bloques de casas rodeados de tumbas y al mismo tiempo hay mausoleos donde las familias o descendientes de los guardianes de las familias que a lo mejor han desaparecido, viven en los panteones. Hay mausoleos grandes, algunos con televisión en color. Logré dormir en uno de estos mausoleos, que para mí fue una cura maravillosa. La muerte en Madrid, París, Londres, New York… se ha vuelto clandestina”, comentaa el todavía militante heterodoxo español Juan Goytisolo.

Esta clandestinidad, sobre la que insiste el que fuera el escritor más ‘rojo’ y ‘maricón’ en las comisarías de la policía política de la España de Franco -de lo cual siempre se vanaglorió-, no es un paradigma en la ‘Ciudad de los Muertos’. Para nada. Sus habitantes, como en general los mexicanos, no parecen sentir angustia alguna en la cohabitación diaria con la muerte. Lo pudimos comprobar en una de las visitas que se vuelven obligatorias, a todas luces, si quiere uno adentrarse en el laberinto mágico de El Cairo, Al-Qahira, la madre de todas las ciudades, la ciudad de los mil minaretes, como la denominan los amables cairotas, protagonistas, desde hace semanas, de la que se conoce ya como la ‘Revolución del Nilo

Una de mis visitas a este lugar la hice acompañado de Isabel Aldalur Errasti. Después de varias jornadas conociendo este lugar, terminó dándole la razón al anuncio -que aparecía por aquel entonces en la contraportada de la revista Newsweek-  de la cadena de hoteles Hilton, donde una de las acompañantes gritaba “¡Llévame al Hilton!”.  Le entendía a Isabel. Durante muchos años vivió en Dublín, Irlanda, y Colonia, Alemania. Era su primer encuentro con un ‘marrón’ del tercer mundo y de tal magnitud como este de ‘La Ciudad de los Muertos’. Creo que si cualquier vecino de Cancún, Solidaridad o Quintana Roo se da un salto a Egipto, aparte de ver las pirámides de Giza, los templos de Luxor y Karnak, darse un  crucero por el Nilo hasta Abu Simbel, siempre va a recordar una visita a este cementerio de descendientes de mamelucos.

Los mamelucos fueron esclavos, en su mayoría de origen turco, procedentes de Asia Central, de las zonas del Mar Negro y más al norte, islamizados e instruidos militarmente que en sus inicios sirvieron como soldados a las órdenes de los distintos califas abásidas. Más tarde constituirían en 1250 un sultanato en Oriente Medio, que en el momento de ser conquistado por los otomanos (1517), se extendía por Egipto y Siria. Un precedente de dicho sultanato fue el Sultanato de Delhi, fundado en 1210. Este régimen, a diferencia del mameluco egipcio, disponía de un territorio recientemente conquistado por el Islam, y donde, por consiguiente, la mayoría de la población era de otra religión (la hindú); aparte, era de una cultura y lenguaje predominantemente persa, diametralmente opuesto al egipcio, donde sus súbditos eran, en su mayoría, árabes musulmanes.

Llegados a Egipto, y una vez admitido en una escuela (Hilqa o Tibaq) cuya misión consistía en convertirlo en mameluco, el joven cautivo pasaba a estar bajo un instructor que sería el responsable de su formación militar (al-furusiya), y bajo su supervisión se le sometía a un adiestramiento especialmente riguroso. Una vez recibida la instrucción militar por el Sultán o sus jefes, pasaban de ser esclavos a hombres libres, si bien sujetos por lazos que recuerdan las fórmulas de servilismo del sistema feudal europeo. Entre los mamelucos estaban los pertenecientes a una elite especial, la del cuerpo de mamelucos reales, quienes habían sido comprados, instruidos y liberados por el propio sultán, y tenían una guarnición en la ciudad del El Cairo. Su igual procedencia, el uso por ellos de la misma lengua distinta de los territorios donde se instalaban, su misma condición militar, su reconocido prestigio en el arte de la guerra y la historia personal de cada uno, similar a sus compañeros, les hicieron convertirse en un poder en sí mismo que no tardó en formar su propio sultanato. Hubo un total de 54 sultanes, la mitad de ellos bahríes (turcos) (1250-1382) y la otra mitad burŷíes de origen caucasiano (1382-1517).

Su papel fue crucial a la hora de proteger Siria (que reconquistaron), Egipto y Palestina del Imperio mongol, así como de expulsar a los cruzados cristianos. Mantuvieron la custodia de las ciudades santas de La Meca y Medina y se instalaron en El Cairo. No persiguieron a las iglesias coptas ni a las comunidades judías, aunque fueron guardianes del Islam en el conjunto social. El final de la dinastía llegó con la derrota en 1517 ante Selim I, sultán del Imperio otomano, pero ya con anterioridad la pérdida del control del tráfico comercial con Asia -como consecuencia de las nuevas rutas establecidas por Portugal a través del Cabo de Buena Esperanza- habían mermado su capacidad económica. Los mamelucos quedaron relegados al puesto de beys como gobernadores o en segundos niveles de la administración, aunque nuevamente irían recuperando su importancia hasta que, oficiosamente, controlaban Egipto en el momento de la conquista por Napoleón en 1798.

El primer escuadrón de mamelucos fue formado en 1801 por 240 soldados, que regresaron con el Ejército de Oriente de la expedición en Egipto. Numerosos mamelucos formaron parte del ejército napoleónico, entre ellos Rustam Raza, quien sería el sirviente personal y guardaespaldas de Napoleón Bonaparte. Constituyeron un escuadrón adscrito a los cazadores a caballo de la Guardia Imperial y sirvieron en Bélgica. Tras la batalla de Austerlitz se convirtieron en un regimiento. Los mamelucos entraron en España en marzo de 1808, llegando a Madrid. Formaron parte de la escolta de honor del Gran Duque de Berg, Joachin Murat, y fueron acuartelados en Carabanchel, donde les sorprendió el levantamiento de los españoles contra los franceses del 2 de mayo, cuya ‘fotografía’ oficial, es un lienzo de obligada visita en el Museo del Prado de Madrid, del pintor aragonés Francisco de Goya. Tras la caída del Primer Imperio, se dispersaron. Muchos de ellos fueron asesinados en Marsella durante el Terror Blanco. Solían ir muy bien armados: disponían de un trabuco, una cimitarra, dos pistolas que solían llevar al cinto junto a un puñal, y una maza de armas o un hacha que llevaban pendiente del arzón de la silla de montar.

La decoración se realiza con incrustaciones de piedras de diferentes colores, así como con un exquisito trabajo en madera que consistió en incrustaciones de motivos geométricos radiantes hechos en marquetería. Se utilizó también el esmalte y el vidrio, y lo que es más importante, las incrustaciones de metal. De este período datan el Baptisterio de San Luis, uno de los objetos islámicos más famosos, realizado por el orfebre Muhammad ibn al-Zayn y el Cubilete de Rothschild. Cuando Mehmet Alí tomó el control de Egipto en 1806, descubrió el enorme problema que representaban los antiguos príncipes esclavos. Decidió librarse de ellos invitando a los principales príncipes mamelucos a su residencia, con ocasión de la investidura de su hijo Tussum  como general de las tropas de Arabia el 1 de marzo de 1811. Veinticuatro príncipes vestidos con uniforme de gala respondieron a la invitación, en compañía de unos cuatrocientos hombres. Todos ellos fueron asesinados, aunque según las leyendas, un príncipe mameluco logró escapar.

La relación árabe con los muertos en este cementerio egipcio, no lejano a la histórica plaza del Tahrir, donde los nuevos ciudadanos han protagonizado las caídas del ‘faraon’ Hosni Mubarak y Mohamed Morsi, me llamó la atención, diría más, comencé a abandonar mi lectura exclusivamente social, de la pobreza, aderezada por una formación de mis profesores jesuitas y de los autores de moda desde el Mayo del 68 francés. En este lugar de vida o muerte, ambas se mezclan de forma natural. Los niños emulan a Leo Messi, Cristiano Rolando o a Karim Benzemá,  jugando ociosamente al fútbol, encima de anónimas sepulturas, sin nombre o con restos del nombre ilegible del muerto, entre vestigios de osamentas… Caminaba por aquellas calles de ‘La Ciudad de los Muertos’ imbuido de una extraña paz. El inacabable cementerio musulmán es también un lugar de enamoramiento, donde erotismo y muerte van de la mano y donde el hombre comparte naturalmente su tiempo con los muertos.

Tengo que reconocer que mi encuentro con ‘La Ciudad de los Muertos’ me sirvió en la vida para tener una nueva actitud ante la muerte y ante el mundo occidental. Camposanto cairota de los mamelucos miserables y soberbia acrópolis de vivos y muertos, desierto de piedras y mezquitas, con alminares en forma de candelabro, parejas, solitarios, familias, hervidero infantil, sábanas blancas ávidas de sol secador, irrisorios hornillos de carbón o gas butano, grafitis en las paredes con autores anónimos, Banksis, respetuosos de las tumbas de sus muertos anónimos…

A pesar de que a uno le parece estar en otro planeta, a pesar de que sus vecinos son miserables, ‘espectros ambulantes’, uno se identifica y solidariza plenamente con este ámbito mísero y con los marginados que allí residen pues uno vez en ellos cualidades ensalzadoras. Veía a estos pobres no ya como el objeto de una explotación, a diferencia de lo que me ocurría en una etapa personal más social, cuando juzgaba a los habitantes de las chabolas del País Vasco de entonces -años sesenta y setenta- o al proletariado urbano. Los contemplaba como miembros de un mundo admirable, no como víctimas, sino como elegidos. Hay que tener en cuenta que para el hombre del ‘mundo desarrollado’, la riqueza material, el consumo, son parte primordial de su vida, y para muchos, lo más importante y sustancial de su existencia. Por esta razón, la muerte es vista como una desposesión, pues hace que el hombre se vea privado del mundo material. Nuestra felicidad está asociada a la posesión de bienes materiales.

Creo que la angustia o la decepción pertenece siempre a los inteligentes. El occidental no acepta la muerte de forma natural y vive de espaldas a ella. En nuestras sociedades, simbolizadas en metrópolis como Nueva York, el ser humano ha sido privado de su derecho a vivirla -la muerte- como el desenlace natural, pues la parece una terrible angustia que lleva a ocultarla y alejarla de su vida. La sola idea de una coexistencia diaria con la muerte suscita un sentimiento de angustia y rechazo. Por ello, las comunidades occidentales, separamos los cementerios, mediante ‘fronteras rigurosas’, del resto del espacio urbano. Son ámbitos de angustia y terror, donde los vivos penetran a hurtadillas y nos escabullimos aprisa y corriendo. En oposición a nuestro mundo, el ‘La Ciudad de los Muertos’ o en otros cementerios musulmanes -makbara- donde el árabe habita o los visita todos los viernes, compartiendo con sus muertos de una forma más natural y aceptan la muerte como un ‘desenlace natural’. Gracias a ese contacto, los vivos se integran a un mundo que inexorablemente será suyo, fortaleciendo y apaciguando por dicha convivencia fecunda. Nosotros en nuestro vacío intento de llevarnos consigo la riqueza, tratamos de perpetuar en el cementerio nuestro estatus social y material, mediante la construcción de panteones o mausoleos suntuosos.

Lo que comenzó como una serie de conjuros inscritos en las pirámides, solo para faraones, acabó convertido en algo al alcance de todo egipcio con un mínimo poder adquisitivo. Para los egipcios de la Antigüedad, la muerte no era el final de la existencia, sino un alto en el camino, como un umbral que se podía franquear satisfactoriamente si se contaba con los medios adecuados para ello. La momificación de los cuerpos, los objetos y amuletos depositados junto al difunto o la arquitectura y la decoración de las tumbas eran algunos de los instrumentos que podían permitir a los egipcios superar el letargo de la muerte y conocer un nuevo amanecer en el Más Allá. Otro de esos medios mágicos lo constituía la palabra, pronunciada durante los rituales de enterramiento y ofrenda o bien escrita en forma de conjuros y encantamientos. En este último apartado destaca la colección de los que conforman el denominado “Libro de los Muertos”. Lo conocemos con ese nombre porque fue así como lo bautizó, en el siglo XIX, el egiptólogo alemán K. R. Lepsius.

Pero su título original podría traducirse como Libro de la salida al día o Libro para salir durante el día, lo que deja ver su función básica: permitir a su dueño continuar viviendo en el Más Allá, salir de su sepulcro y vivir de nuevo en la tierra o unirse al sol en su viaje diario por el cielo. Para ello, además de vencer a la muerte, el difunto debía sortear los peligros que pudieran acecharle en su camino hacia el Inframundo, la región en que habitan los muertos. Los primeros usos documentados de estos textos los encontramos a finales del Segundo Período Intermedio (1650-1550 antes de Cristo) e inicios del Reino Nuevo (1550-1069 antes de Cristo), y seguirán vigentes muchísimo tiempo, hasta la época de la dominación romana de Egipto (31 antes de Cristo al 395 después de Cristo). Pese a su larga trayectoria, el “Libro de los Muertos” bebe en realidad de una tradición previa.

El precedente más remoto despegó en la segunda mitad del Reino Antiguo (2686-2160 antes de Cristo): fue el de los llamados Textos de las Pirámides. Esculpidos en las cámaras internas de estas, tenían por objetivo ayudar al faraón difunto a recuperar su vigor para despertar a su nueva vida, unirse a sus compañeros los dioses y ascender al cielo, donde podría surcar la bóveda celeste junto a Ra, el sol, renacido cada amanecer. Más adelante, a finales del Reino Antiguo, aparece en escena un corpus de textos funerarios distinto, más variado, aunque heredero del anterior. Se empleará con mayor intensidad en el Primer Período Intermedio (2160-2055 antes de Cristo) y en el Reino Medio (2055-1650 antes de Cristo). Los Textos de los Ataúdes deben su nombre actual al hecho de que los encantamientos se plasmaban en la cara interna de los féretros. El acceso a estas fórmulas ya no se limitaba a la realeza, era algo más amplio. Pese a todo, los nuevos beneficiarios formaban parte del sector más privilegiado de la élite social de la época. Cuando se ponen por escrito los primeros textos que conforman el Libro de los Muertos, parece haberse dado un gran esfuerzo de síntesis y adaptación de las tradiciones anteriores, a la vez que una efervescente creación textual. De los cerca de mil doscientos encantamientos de los Textos de los Ataúdes, un buen número se actualizan, muchos se descartan y entran en juego otros nuevos. En esos momentos se cuentan casi doscientos capítulos diferentes. Además, cobra un gran peso lo visual, en forma de viñetas que ilustran los distintos ejemplares. Pero lo destacable es que el acceso a esta colección de fórmulas mágicas se abre: ahora está disponible para todo aquel que pueda permitírselo, un número de personas sustancialmente mayor. También se amplían los soportes: ya no quedan limitados a las paredes de las tumbas o a los ataúdes.

Los hechizos, himnos y demás fórmulas del Libro de los Muertos se colocan bien junto a la momia (escritos sobre las vendas o en un rollo de papiro depositado en el interior del ataúd) o bien cerca de ella, insertados en algún tipo de contenedor. Es lo que ocurría a finales del milenio I antes de Cristo con las frecuentes estatuillas de Osiris, dios de los muertos, hechas de madera pintada y ahuecadas para tal fin. Durante el Tercer Período Intermedio (1070-650 antes de Cristo) y la Baja Época (650-332 antes de Cristo) era habitual que se copiaran viñetas y textos de este conjunto de encantamientos sobre las superficies exteriores de los ataúdes. Así envolvían mágicamente el cadáver y propiciaban su renacimiento. El orden de los encantamientos adquiere relevancia, y se avanza cada vez más hacia una edición ‘canónica’ de esta colección compuesta de imágenes y textos. No obstante, la idea del perfecto manual para el Más Allá no siempre se materializaba del modo deseado. Son bastante más numerosos de lo que cabría sospechar los errores de copia, las reutilizaciones de manuscritos (borrando el nombre del dueño anterior) o los descuidos (como la omisión del nombre del difunto, dejando en blanco el espacio destinado a él, lo que hacía que el manuscrito fuese inservible). En muchos casos, estas situaciones se debieron a la producción altamente estandarizada, casi podríamos decir ‘en serie’, de los ejemplares. Son muchos los ejemplos que se conservan del “Libro de los Muertos” en museos y bibliotecas nacionales de todo el mundo. Los destacados se encuentran en el Louvre de París, en el Museo Egipcio de El Cairo y, especialmente, en el British Museum de Londres.

La institución londinense cuenta con muestras que abarcan los cerca de mil setecientos años de historia de la compilación, incluidas auténticas joyas, como los papiros de Any, Nu, Hunefer o Anhai. Algunos de los ejemplares del museo llegaron a utilizarse como atrezo, junto con otras piezas originales, en “La momia”, la película que protagonizó Boris Karloff en 1932. Los textos del “Libro de los Muertos” son de muy variada índole. Un primer grupo de conjuros busca la provisión continua de alimentos o de aire para toda persona que llegue a utilizarlos. También son frecuentes las invocaciones dirigidas a asegurar al difunto el mantenimiento de algunas de las facultades de las que gozaba en vida, como no perder el dominio sobre su boca o recordar cuál es su nombre. Destacan especialmente las invocaciones relacionadas con el corazón, como, por ejemplo, para que este órgano no testifique contra su dueño durante el juicio de los muertos, en el que se valora si se es digno o no de disfrutar de una existencia eterna tras la muerte. Y son constantes los hechizos destinados a proteger al muerto de animales peligrosos y de algunos de los habitantes del Inframundo.

Otro grupo de textos busca que el difunto pueda desplazarse libremente, tanto por el cielo como por los espacios que componen el Más Allá. Los encantamientos le otorgan todos los conocimientos necesarios para ello: las palabras mágicas, secretas, que habrá de decir a los monstruosos guardianes que guardan las puertas con enormes y afilados cuchillos para que le dejen pasar, o los nombres de las partes de los barcos que le permitirán cruzar las aguas del Inframundo o surcar el cielo a diario. Incluso se facilitan itinerarios que detallan los paisajes del mundo de los muertos, su orografía, edificios y habitantes. Con ellos, el difunto podrá sortear los peligros y atravesar sus regiones por los lugares más propicios. Para los vivos son muy frecuentes las instrucciones sobre la confección y preparación de los amuletos que habrán de incluirse entre las vendas de la momia o que recibirán sobre su superficie un capítulo concreto del libro. Se especifican los materiales a utilizar, las condiciones de pureza bajo las que una persona debía emplear el texto (sin haber comido determinados tipos de carnes o pescados, por ejemplo) o las imágenes y figuras que tendrán que usarse o dibujarse en el ritual en que el encantamiento debía ser recitado. La validez de estos ensalmos es manifiesta porque, como se señala en algunos de ellos, “su efectividad ha sido comprobada un millón de veces”.

Un conjunto capital es el de las “fórmulas de las transformaciones”. Con ellas, el difunto podrá transformarse en diferentes seres que permitirán su feliz renacimiento en el Más Allá. Muchos de ellos parecen estar relacionados con el sol, que muere y renace todos los días, y por ello modelo de una vida eterna en transformación. El muerto podrá conocer el mismo destino que el sol si se metamorfosea en un halcón de oro, en una flor de loto (que se abre al alba y se cierra durante la noche), en la garza Benu (el posterior fénix de los griegos) o en una golondrina. Podrá ser dueño de sus actos e incrementar su poder si se transforma en un cocodrilo o una serpiente, o mostrar la superación de la muerte al adoptar la forma del dios Ptah o la de un ba (elemento intangible del ser humano) vivo. Gracias al empleo de los textos que componen el Libro de los Muertos, los egipcios podían asegurarse una existencia plena y satisfactoria en el Más Allá, cubriendo los diferentes aspectos de su nueva vida, desde los más prosaicos hasta los más espirituales. Esta concepción solo puede entenderse desde el afán vital de este pueblo, lejos del estereotipo occidental, que contempla el antiguo Egipto como una cultura obsesionada por la muerte y su tenebroso mundo. Lo que explica la creación y la pervivencia de esta colección de encantamientos no es sino el deseo, como rezan muchos de los títulos de sus capítulos, de “no morir una segunda vez en el Inframundo”.

Ahí donde la vemos, la humilde cerveza que acompaña nuestras botanas con los amigos era el alimento básico e imprescindible de los antiguos egipcios. Bueno, la verdad es que no se parecía a nuestra burbujeante y refrescante bebida, sino más bien a una especie de gacha de un sabor y aspecto en principio no muy apetecible a nuestros ojos modernos. De todos los tipos de cerveza que había, y eran casi una veintena, la que se consumía a diario, niños incluidos, era la más sencilla. Se llamaba henequet, y poseía un contenido de alcohol mínimo. La producción a gran escala de cerveza como alimento y pago de raciones a los trabajadores comenzó muy temprano en Egipto, antes incluso de que apareciera el primer estado unificado. Recientes hallazgos en Hieracómpolis –capital de uno de los protorreinos del Alto Egipto– así nos lo confirman. En las secciones HK24A y HK24B aparecieron lo que, sin duda, eran dos centros de producción industrial de cerveza: grandes jarras de barro que servían de cubas de maceración, en las que la pasta, mezclada con agua, era calentada antes de dejar que se enfriara y fermentara. En una de las cervecerías había seis de estas cubas de maceración, y en la otra, dieciséis. Cada uno de los recipientes de cerámica de HK24A podía contener unos sesenta y cinco litros, lo que supone unos trescientos noventa litros de cerveza en total cada dos días o más probablemente a diario, si las jarras se vaciaban para realizar la fermentación en otro lugar. Si tenemos en cuenta que la ración normal por persona al día durante el período dinástico era de dos jarras de cerveza, la producción de HK24A podía alimentar a diario a 227 personas, y la de HK24B, a otras 605.

Convertida en la base de la dieta, no es de extrañar que la cerveza se incorporara de múltiples formas al mundo simbólico y religioso egipcio. Como en casi todas las religiones antiguas, el elemento central de la egipcia eran las ofrendas, a los muertos o a los dioses, gracias a las cuales estos se ocupaban del bienestar del oferente o, al menos, no influían negativamente en él. Los faraones se encargaban de aprovisionar a los dioses de cerveza a través de las ofrendas. Por eso, un texto sempiterno de los rituales funerarios egipcios es la fórmula Jetep di nesu, donde la cerveza resulta imprescindible: “Una invocación de ofrendas consistente en pan, cerveza, buey y aves, alabastro y telas, todas las cosas buenas y puras por medio de las que vive un dios”.

Lo mismo sucedía con los dioses, a los cuales los faraones se encargaban de aprovisionar a través de decretos en los que se especificaban las ofrendas que se les destinaban, donde no podía faltar la cerveza: “Mi Majestad ha ordenado, además, establecer de nuevo las ofrendas divinas para mi padre Ptah-Sur-de-su-Muro en Tebas, consistentes en 60 panes de varios tipos, dos jarras de cerveza…”. La cerveza también la encontramos en los textos funerarios, de los Textos de las pirámides (“Levántate soberano, y siéntate ante un millar de panes, un millar de cervezas…”, TP 373) a los Textos de los ataúdes (“Que el hombre diga esta fórmula sobre siete uchats dibujados; rociarlo con natrón y cerveza y que sea bebida por el hombre”, CT 341), que tienen mucho que ver con la magia, relacionada en el antiguo Egipto con la medicina. Los médicos egipcios disfrutaron de fama en el mundo antiguo, y entre los muchos productos que utilizaban en su farmacopea estaba la cerveza, empleada en muchos casos como líquido en el que disolver los componentes del remedio: “Bebida para eliminar una inflamación: raíz de brionia; fruta peret-chenit. Se molerá y mezclará con cerveza, después se beberá y vomitará”, como leemos en la receta 107 del Papiro médico de Berlín.

Pero esta cerveza-alimento no es la única que consumían los egipcios. Había otras más dulces, fuertes y alcohólicas que harían las delicias de los amantes de la buena mesa… y causarían problemas a los imprudentes estudiantes de escriba que se dejaban seducir por los encantos del alcohol y de las mujeres que trabajaban en las casas de lenocinio (llamadas precisamente “casas de cerveza”): “Me han informado de lo siguiente: que has abandonado los libros y te has entregado a los placeres, que andas de calle en calle y apestas a cerveza cada vez que pasas”. Así se dice en el Papiro Anastasi IV. No es de extrañar, entonces, que en los tratados de buenas maneras (conocidos como “textos sapienciales”) se recomiende al lector moderación con el delicioso líquido. Así, en “Las enseñanzas de Ani”, el autor recomienda a su hijo: “No abuses de la cerveza: no emitas ruido con tu boca sin saber lo que dices, y si te has caído y tu cuerpo está magullado, no habrá otro que te dé la mano”.

Las pirámides y los templos por los que la civilización faraónica es conocida no fueron construidos por esclavos, cuya presencia en el valle del Nilo fue prácticamente anecdótica. Al contrario, fueron erigidos por gentes que estaban al servicio del faraón y cobraban por ello un salario. Igual que lo cobraban los soldados o los sacerdotes y otros trabajadores de los templos. Estos salarios se pagaban en “raciones” –los egipcios no conocieron el dinero–, concretamente de pan y de cerveza, que componían los elementos básicos de su alimentación. La ración tipo consistía en diez unidades diarias en conjunto. Gracias a los documentos encontrados en la fortaleza nubia de Uronarti, sabemos que los soldados que protegían la frontera sur de Egipto cobraban por semanas (las egipcias tenían diez días), y que su ración para tal período era de 60 unidades cocidas a partir de 2/3 de heqat de cebada del norte (2,25 kilogramos) y de 70 unidades cocidas a partir de 1 heqat de trigo (3,75 kilogramos).

Estas cantidades les proporcionarían 2.136 calorías diarias, que eran a todas luces insuficientes, como comprobamos al saber que la ración que tenía estipulada en 1917 el gobierno egipcio para los soldados que no realizaban trabajos era de 2.200. Por lo tanto, los cereales solo podrían representar una parte de su paga, a la que debían de agregarse raciones de cerveza y algunas proteínas animales, sin las cuales aquellos hombres no podrían realizar su labor de patrullar el desierto. La existencia de estos suplementos de proteínas la comprobamos en la ciudad de los constructores de las pirámides de Giza. Allí se han hallado, por el momento, cerca de doscientos mil huesos y fragmentos pertenecientes a peces, reptiles, aves y mamíferos. De estos últimos, el menos presente es el cerdo y los más abundantes, los machos jóvenes de ovejas, cabras y vacas. Si bien en la ciudad se han encontrado panaderías, no sucede lo mismo con los establos, por lo cual la estabulación y la cría se realizaban en otro lugar. Existían unidades productoras, como Kom el-Hisn, en el Delta, una población dedicada desde el Reino Antiguo a la cría y el engorde de ganado estabulado, que luego era trasladado a Giza para su consumo. Por supuesto, además de esta carne, que el resto de los egipcios no comía casi nunca, recibían también sus raciones de trigo y cebada convertidas en pan y cerveza. Solo así alcanzaban las más de tres mil calorías diarias imprescindibles para realizar los trabajos pesados que se les exigían. Las raciones extra para los trabajos pesados eran algo conocido, como podemos ver en la decoración de la tumba de Antefoker (Tebas, XII dinastía). Como no podía faltar, hay una escena donde se ve cómo se fabricaba el pan, y, justo debajo, un niño con una taza se acerca a un hombre que está haciendo pasta de dátiles y le pide algo de comer, a lo que este le responde: “¡Ojalá que tú y la que te trajo al mundo terminéis en las fauces de un hipopótamo! ¡Comes más que un obrero del rey trabajando!”.

Otro modo que tenía el faraón de pagar los salarios era el reparto de las ofrendas de los templos, realizadas dos veces al día y muy numerosas. Para hacernos una idea del volumen, solo el templo funerario de Neferirkare (V dinastía) necesitaba 660 aves al mes (8.000 al año) y los bocados selectos de 30 bueyes al mes (360 por año). Y esto sin contar con fiestas especiales, porque para celebrar una de ellas, el templo de Neferefre (V dinastía) estuvo sacrificando 13 bueyes diarios durante una semana egipcia.Tras pasar algunas horas en el altar y alimentar a los dioses con su sustancia, los alimentos eran retirados y repartidos entre todos los trabajadores del templo, no solo los sacerdotes. Eso sí, siguiendo un baremo estricto, en el cual un sacerdote recibía más partes que alguien dedicado, a lo mejor, a desollar bueyes. Este tipo de repartos era uno los ejercicios básicos que tenía que aprender un escriba, pues de ello dependía el buen funcionamiento de la administración faraónica. Los ciudadanos egipcios terminaban sus jornadas rodeados de chelas y cagüamas, producidas y ‘embotelladas’ en jarras de cerámica, en las mil y un fábricas artesanales a lo largo del río Nilo.

Los ladrones de tumbas que vivían cerca del Valle de los Reyes, se llevaban los objetos de valor descubiertos en los pasadizos secretos de las pirámides, priorizando además del oro y el lapislázuli, los cántaros de cerveza. En el Antiguo Egipto se consideraba una piedra muy importante y preciada, adornando los escarabajos sagrados con ella, o en máscaras funerarias. También la usaban para la medicina en forma de polvo. El lapislázuli es una gema de característico color azul ultramar, muy apreciada en joyería desde la antigüedad. El polvo del mineral, la lazurita, proporcionaba un pigmento azul, el azul ultramar, y en la Edad Media, se usaba para producir el característico pigmento azul ultramar para pintores o para teñir telas. Además fue muy buscado entre los grandes pintores en la Europa del Renacimiento, y en América por los pintores de la conocida escuela cuzqueña, por su estabilidad y permanencia de color. Leonardo da Vinci, Alberto Durero y Fra Angélico fueron algunos de los ilustres pintores que le dieron vida, llegando a denominar al polvo de lapislázuli como ‘oro azul’. En aquella época, su precio superaba en más de cuatro veces el precio del oro, y fue usado en la decoración de muebles para conferirles valor, algunos de los cuales pueden observarse en grandes museos de Europa como El Prado (Madrid, España), el Castillo Sforzesco (Milán, Italia), o el Louvre (París, Francia), así como en colecciones privadas. Los saqueadores de tumbas dejaban a los momificados sin nuestras mexicanas Cheves o Chelas o las cubanas Cristal, Bucanero, Hatuey (por las marcas), Lager, Lagarto, Birra, Cervatana, Dispensada, Fría, Rubia, Negra… No les importaba que se ‘murieran’ de sed en su periplo al Más Allá. No faltaban miles de años atrás los pinches cabrones.

¿Hay en el mundo un lugar en donde es posible nacer, pero no morir? Si es que existe, suena a algo así como la utopía ideal de Tomás Moro y sería, en consecuencia, un sueño de la razón… Se llama Longyearbyen, en las Svalbard. Se encuentra situada en la isla principal, Spitsbergen, a 78 grados y 15 minutos de latitud norte, esto es: a unos 1.500 kilómetros del Polo Norte. Es la ciudad poblada más septentrional del planeta, con temperaturas que pueden sobrepasar en el invierno los 50 grados bajo cero. En ella hay pubs, discoteca, piscina climatizada, iglesias, escuelas, hoteles, restaurantes, hospital, concesionarios de coches, supermercados, casas de varios pisos, Internet y un periódico diario. Pero no hay cementerios que acojan enterramientos desde hace unos 70 años. ¿Es que nadie muere en Longyearbyen? No es eso. Lo que sucede es que en esta ciudad está prohibido morirse. Todo responde a una serie de paradójicas razones. La primera, el estatus político del archipiélago. Aunque en teoría la soberanía de estos territorios es noruega, la ONU no ha aceptado todavía de una forma clara esa circunstancia y, por ejemplo, perviven en el tiempo reclamaciones sobre derechos pesqueros en el área: entre otras, una española, ya que los primeros pescadores de ballenas de la zona fueron, a principios del siglo XVII, arponeros vascos. Además de eso, los rusos mantienen una explotación de carbón al sur de Longyearbyen, Barentsburg, que cuenta con administración propia, fuera del control noruego, y población estable de 800 almas.

Así que el estatus impreciso de las Svalbard permite que la vida en las islas sea más anárquica que en la Noruega continental. En Spitsbergen se bebe sin restricción ninguna y a buen precio. Y cualquiera que lo desee puede instalarse libremente en su territorio. También alberga uno de los baluartes que podrían salvar a la humanidad en caso de catástrofe mundial: la conocida como “bóveda del fin del mundo”. Construido a 120 metros de profundidad en una montaña arenisca, este almacén a prueba de bombas nucleares y terremotos recoge desde 2008 decenas de miles de semillas con las que salvaguardar la biodiversidad. Pero vamos al asunto de la muerte. A principios del siglo XX, unos científicos desenterraron los cadáveres de unos marineros que habían fallecido de influenza, pensando que el suelo congelado conservaría los virus de la enfermedad gripal. Acertaron y lograron crear una vacuna contra un mal que había desatado la enorme pandemia de 1918. Eso no fue todo: resultó que los cadáveres estaban en perfecto estado de conservación a causa de la enorme capa de hielo que cubría y rodeaba los ataúdes.

Y ahí comenzó el problema. Desde siglos atrás, son muy numerosas las personas que han soñado con un día en el que, merced a los avances de la ciencia, la humanidad encontrará los remedios para curar todas las enfermedades, lo que convertirá al hombre en un ser inmortal. De modo que puede suponerse que un cuerpo congelado tras su muerte podría ser curado y resucitado en el futuro. Y con esa idea, mucha gente comenzó a instalarse en las islas para morir y ser enterrada en ellas. A las autoridades no les quedó otro remedio que prohibir las inhumaciones en las Svalbard. Más aún, en ningún edificio se permite la construcción de rampas para gente impedida, para que los ancianos minusválidos no puedan instalarse y morir en la ciudad. Si alguien fallece en estas islas, su cadáver es enviado a casa en aeroplano. Prohibido, pues, morir en Longyearbyen.

El dato impresiona. Junto con ciudades como Reikiavik o Helsinki, Oslo se cuenta entre las capitales más septentrionales de la tierra. Pues desde Oslo hasta África hay la misma distancia que desde Oslo hasta Svalbard, nuestro punto de llegada. Así de cerca de la cima del mundo nos hemos venido. Svalbard constituye la última frontera a la que un barco puede asomarse antes de que los hielos eternos cubran la superficie del mar. Nosotros hemos llegado navegando en el velero Sternaen una travesía de varios días desde el continente europeo. Nuestro primer refugio lo constituye el fiordo de Hornsund, en el sur de la isla de Spitsbergen. La latitud es 77º Norte. Nos hallamos a unos 1.500 kilómetros del Polo Norte. Rodeados de glaciares y armados los guías con fusil —la ley obliga a llevar uno debido a la presencia de osos polares— bajamos a tierra en una playa que nos ofrece un paisaje lunar. Lo primero que nos encontramos es un pequeño zorro ártico que nos mira con ojos nerviosos, como si quisiera saber el motivo por el que estamos ahí. Avanzamos por la orilla rocosa, vadeamos un arroyo de deshielo y damos con los restos de una cabaña de cazadores que se eleva solitaria en la otra punta de la bahía. Cualquier construcción anterior a 1946 es considerada una ruina en Svalbard y protegida como tal, es por eso que a lo largo de toda su geografía pueden hallarse refugios de tramperos y cazadores en perfecto estado de conservación. El que nos encontramos no tiene más de cuatro metros cuadrados y una única ventana pequeña. Al entrar damos con una especie de despensa que aún contiene latas de conservas y algunas botellas vacías. Sobre la mesa hay dos hachas y algunas otras herramientas, y un poco más allá, junto a la estufa de hierro que preside la estancia, se reparten un par de ollas, un cazo y algunos cubiertos oxidados. Se nos hiela el alma al pensar en la vida que llevaban los hombres que allí vivían. Es verano en Svalbard y el sol está alto en el cielo las 24 horas. Llevamos días sin conocer la oscuridad y el ánimo empieza a verse algo afectado, pero no es nada en comparación con lo que deben haber soportado esos individuos en la noche perpetua del invierno polar.

En 1920, el mismo tratado que reconoció la soberanía noruega sobre Svalbard autorizó a algunos otros países a explotar sus recursos naturales. Compañías inglesas, holandesas y españolas establecieron allí sus bases balleneras, y del mismo modo se levantó el poblado minero ruso de Barentsburg, nuestra siguiente parada. Un pueblo posapocalíptico. Una serie de barracas semejantes a dormitorios de tropa o pabellones de prisioneros descansan sobre las laderas ennegrecidas por el carbón, y una sinfonía de tuberías, grúas oxidadas y maquinaria en desuso completan el cuadro. En sus épocas de esplendor, Barentsburg llegó a contar con más de 2.000 habitantes. Arktikugol es el nombre de la compañía que ha explotado sus recursos durante más de medio siglo y que llegó a acuñar su propia moneda, con la cual los trabajadores podían hacerse con algunos productos en los comercios de la empresa. Hoy, ante la inminente clausura de la única mina que continúa en funcionamiento, Arktikugol está intentando reconvertir las instalaciones en destino turístico. Por ahora solo hay un hotel, que además de ofrecer habitaciones posee uno de los dos bares/restaurantes de la localidad. En la ladera negra de la montaña puede verse la boca de una antigua mina. Una estructura de madera soporta las vías por las que el carbón era transportado hasta el puerto en un recorrido que no parece haber sido planificado. Nada allí lo parece. Las estructuras que caen en desuso son abandonadas y a su lado se levantan las nuevas. Como si hubiera surgido espontáneo de la montaña y de las necesidades inmediatas a las que la minería en condiciones extremas obliga, el pueblo aparece como una herida en el paisaje cubierta de polvillo negro.

Nuestra última parada es Longyearbyen, el mayor asentamiento del archipiélago, la residencia del gobernador y el punto de partida de las excursiones turísticas, que representan la principal fuente de ingresos de la zona. Casas bajas y de colores vivos constituyen su centro urbano. A un par de kilómetros del pueblo se encuentra el Banco Mundial de Semillas, una estructura subterránea a prueba de terremotos y bombas atómicas que salvaguarda la biodiversidad de las especies comestibles del planeta en caso de que ocurra alguna catástrofe. En el pequeño cementerio que hay en las afueras, hace 70 años que no se entierra a nadie. Alentados por la fantasía de una criogenización espontánea, muchas personas mayores o enfermas empezaron a querer ser enterradas allí, lo que obligó a las autoridades a tomar medidas. Las instalaciones de Svalbard carecen —a propósito— de facilidades para ancianos y discapacitados, y si uno empieza a encontrarse mal, es inmediatamente subido a un avión y enviado de vuelta a casa. Morir es algo que está prohibido en Svalbard. Longyearbyen constituye la última parada de nuestra aventura polar. A la mañana siguiente volaremos a Oslo y, desde allí, a casa. Por la tarde, al llegar, me sentaré en el balcón y esperaré pacientemente a que se haga de noche. Primer anochecer después de un día que ha durado varias semanas. En mangas de camisa me dedicaré a mirar las estrellas. Verano mediterráneo. Bendita oscuridad.

Si por algo es famoso el lugar, es por no permitir que sus habitantes mueran allí. La historia viene de lejos: hace unos años unos científicos desenterraron los cuerpos de unos marineros que habían muerto de gripe española y por sorpresa, descubrieron que el virus se había conservado a causa de las bajas temperaturas. Además, los cuerpos se encontraban en perfectas condiciones gracias al hielo que había aislado los ataúdes. El descubrimiento no hacía más que corroborar el peligro: si introducían en el suelo más cuerpos con nuevas enfermedades, corrían el riesgo de conservarlas y provocar otra epidemia. Además, parece ser que mucha gente se trasladó a vivir a la ciudad para morir allí, con la esperanza de que si su cuerpo se conservaba bien, en un futuro podrían ser resucitados. Las autoridades reformaron la ley y ahora si alguien enferma de gravedad, es desplazado en avión o en barco a otra parte de Noruega.

Con la introducción de nuevos cuerpos en la tierra, se podrían conservar enfermedades mortales para los residentes y eso obligó a reformar la ley para ilegalizar los entierros. Además, algunos apuntan que tras conocerse la noticia, muchas personas mayores y enfermas se mudaron a la isla con la esperanza de que si su cuerpo se encontraba congelado y en perfectas condiciones en un futuro, podrían ser resucitados y curarse sus enfermedades. Sea como sea, las autoridades se vieron con la obligación de tomar medidas y no dar opción a los residentes de morir allí. De esta manera, cuando una persona enferma de gravedad en la ciudad, se la desplaza en avión o en barco a otra parte de Noruega para que fallezca allí. Eso sí: si uno lo desea puede ser incinerado fuera del archipiélago y posteriormente esparcirse las cenizas en el pueblo.

Longyarbyen aún alberga más curiosidades. Cerca de la ciudad se encuentra la conocida como “bóveda del fin del mundo”. Se trata de un almacén a prueba de bombas nucleares y terremotos construido a 120 metros de profundidad que recoge desde 2008 decenas de miles de semillas para salvaguardar la biodiversidad de las especies de cultivos que sirven como alimento en caso de catástrofe mundial. Un lugar que se ha convertido en el mejor destino para los más curiosos. La I Guerra Mundial terminó en 1918 con nueve millones de muertos. La gripe española de ese mismo año acabó con la vida de 40 millones de personas. Fue la peor de las tres epidemias mundiales de gripe del siglo XX (1918, 1957 y 1968), y de hecho la peor pandemia de cualquier tipo registrada en la historia. El virus que la causó no venía de los cerdos, sino de las aves, pero era un H1N1, como el actual. El H1N1 era un virus aviar hasta 1918, y fue la gripe española quien lo convirtió en una cepa humana típica. Los países implicados en la Gran Guerra no informaban sobre la epidemia para no desmoralizar a las tropas, de modo que las únicas noticias venían en la prensa española. La gripe española debe su nombre, por tanto, a la censura de tiempos de guerra, y no a su origen, ya que el primer caso se registró en Camp Funston (Kansas) el 4 de marzo de 1918. Por entonces el virus sólo causaba una dolencia respiratoria leve, aunque muy contagiosa, como cualquier gripe. En abril ya se había propagado por toda Norteamérica, y también saltado a Europa con las tropas americanas.

El primer caso de la segunda oleada mortal se registró el 22 de agosto en el puerto francés de Brest, una de las principales entradas de los soldados norteamericanos. Era el mismo virus, porque los afectados por la primera oleada estaban inmunizados frente a la segunda. En algún momento del verano, sin embargo, se había convertido en un agente mortal. Causaba neumonía con rapidez, y a menudo la muerte dos días después de los primeros síntomas. En Camp Devens, Massachusetts, seis días después de comunicarse el primer caso ya había 6.674 contagiados. Los brotes se extendieron a casi todas las partes habitadas del mundo, empezando por los puertos y propagándose por las carreteras principales. Sólo en India hubo 12 millones de muertos. Fue la llegada del virus a los lugares más recónditos la que permitió reconstruirlo hace cuatro años. Johan Hultin, un médico retirado, y los científicos militares al mando del genetista Jefferey Taubenberger, lograron rescatar los genes del virus de los pulmones de una de sus víctimas, una “mujer gorda” que había muerto en 1918 en un poblado esquimal de Alaska, donde el frío había preservado el material particularmente bien.

Se supo así que el virus de 1918 no tenía ningún gen de tipo humano: era un virus de la gripe aviar, sin mezclas. Tenía, eso sí, 25 mutaciones que lo distinguían de un virus de la gripe aviar típico, y entre ellas debían estar las que le permitieron adaptarse al ser humano. Se supo así que el virus de la gripe española se multiplica 50 veces más que la gripe común tras un día de infección, y 39.000 veces más tras cuatro días. Mata a todos los ratones de laboratorio en menos de una semana. Los grupos de Terrence Tumpey, de los CDC de Atlanta (los principales laboratorios norteamericanos para el control de epidemias) y Adolfo García-Sastre, del Mount Sinai de Nueva York, se preguntaron luego qué mutaciones del virus de la gripe española podían eliminar su capacidad para transmitirse entre personas. Y el resultado es que bastaban dos mutaciones en su hemaglutinina (la H de H1N1); esas mismas mutaciones puestas del revés bastarían para conferir a un virus aviar una alta capacidad de transmisión entre humanos.

Javier Martínez Reverte, que firma sus obras como Javier Reverte es un escritor, viajero y periodista español, tiene un blog de sus excursiones, entre ellas a Longyearbyen… Es imposible morir. Longyearbyen es una ciudad de la isla de Spitsbergen y capital del archipiélago de las Svalbard, de soberanía noruega. Es el lugar habitado (2.000 habitantes) más septentrional del planeta. Esto es, la que está situada más al norte del mundo. Su superficie es de 242 kilómetros cuadrados. Parecida a la de Ávila en España, pero la ciudad abulense tiene mucha más población: 60.000 habitantes. Las calles de Longyearbyen albergan pubs, iglesias, escuelas, hoteles, restaurantes, un hospital, concesionarios de coches e incluso la redacción de un periódico. Sin embargo, no hay ni rastro de cementerios desde 1950. ¿El motivo? Nadie muere en esta ciudad. ¿Son, entonces, inmortales sus habitantes? No, pero en Longyearbyen ser viejo está mal visto y morirse directamente prohibido. Este veto se remonta a principios del siglo XX, cuando unos científicos descubrieron que en Longyearbyen los cadáveres se conservaban en perfecto estado a causa de la enorme capa de hielo que cubría y rodeaba los ataúdes.

Esta singular característica terminó convirtiéndose en un problema. “Surgió una fiebre que llevó a muchas personas a instalarse en las islas para morir con la esperanza de ser descongelados y resucitados algún día, en el momento en que la ciencia diera con la tecla de la inmortalidad”, explica Javier Reverte, que ha visitado la zona para su reciente libro ‘Confines’ (Plaza&Janes). Para evitar la tentación, la localidad se ha convertido en un territorio hostil para aquellos que pasan por sus últimos años de vida (la mayor parte de los 2.000 habitantes se mueve entre los 25 y los 44 años). “No hay residencias de ancianos ni unidades de cuidados paliativos. No se permite la construcción de rampas, de manera que ancianos y minusválidos no puedan instalarse allí. Las personas que están muy mayores o enfermas deben ser trasladadas a la península para ser tratadas o morir”, apunta el escritor. ¿Y si alguien fallece de improvisto? “Su cadáver es exportado en aeroplano fuera de las islas”, señala Reverte.

En caso de apocalipsis, no faltaría nunca comida: aquí está el ‘Arca de Noé vegetal’. “En Longyearbyen se prevé la catástrofe constantemente”, afirma Javier Reverte. De ahí que con el fin de salvaguardar la biodiversidad, en 2008 se construyera una cámara acorazada a prueba de bombas nucleares y terremotos, el Banco Global de Semillas, que alberga cien millones de simientes de plantas alimenticias. Estas semillas se conservan a 120 metros de profundidad, con una temperatura estable de menos 18 grados Celsius, condiciones que garantizan su conservación durante varios siglos. Ante un cataclismo natural, una guerra o un apocalipsis, el banco de las Svalbard –conocido popularmente como ‘El semillero del fin del mundo’ o ‘El arca de Noé vegetal’– daría una nueva oportunidad al mundo de reconstruirse. “Allí tomas conciencia de que el cambio climático es algo real que está ocurriendo y destruyendo el planeta. Medidas como el almacenaje de estas semillas es la prueba de que puede ocurrir una catástrofe en cualquier momento”, confiesa Reverte.

Las autoridades casi te regalan la vivienda. “El gobierno cede terrenos a todo el que lo solicita para que puedan construirse una casa. Les interesa que la ciudad esté habitada, por eso optar a una vivienda en Longyearbyen es tan sencillo”, afirma el escritor Javier Reverte. Más de 2.000 habitantes están censados en la capital de Svalbard, archipiélago cuyo nombre proviene de un vocablo vikingo que puede traducirse como ‘costa fría’. A pesar de que conseguir una casa no es complicado ni caro, la vida en Longyearbyen no es apta para todos los públicos. Sobre todo para aquellos que busquen temperaturas cálidas y bullicio. En esta ciudad, el día polar, con unas temperaturas que no superan los 16 grados, comienza el 20 de abril y termina el 22 de agosto. La noche polar comienza el 28 de octubre y acaba el 14 de febrero: durante estos meses las temperaturas son de menos 50 grados y el sol no llega a salir. “Se trata de una ciudad construida para sobrevivir en condiciones climatológicas extremas. Nada allí es bello o trascendente, sino sencillamente útil”, recalca Reverte.

A pesar de ser tan pequeño, puedes encontrar restaurantes de muchas partes del mundo: Tailandia, Italia, China… Entre placas de hielo y renos pastando, en Longyearbyen uno puede encontrar con sorprendente facilidad restaurantes donde degustar platos típicos de la gastronomía tailandesa. “Esto se debe a que un gran número de tailandeses se ha asentado en la ciudad durante los últimos años y han impuesto su cocina en la isla. Tanto es así, que resulta más fácil comer un plato de curry tailandés que un filete de trucha a la plancha”, asegura Javier Revierte. Pero no es esta la única cocina foránea que se ha impuesto a 1.000 kilómetros del Polo Norte. El paro es inexistente: hay trabajo para todos y buenos sueldos ¿Qué lleva a los 2.000 habitantes de Longyearbyen a permanecer en un lugar cuya principal característica es que tiene el clima más extremo del planeta? “La oportunidad de tener trabajo. Allí hay para todos, y encima muy bien remunerado”, resuelve Javier Reverte. El archipiélago se encuentra bajo la soberanía noruega, pero su estatus no está definido por la ONU. Esto quiere decir que cualquiera puede llegar a la ciudad habitada más próxima al Polo Norte, instalarse con total libertad y trabajar en los empleos que generan la investigación de medio ambiente, la minería de carbón, el turismo o los servicios. “Trabajando en la mina se puede cobrar fácilmente 4.000 o 5.000 euros al mes”, confirma el autor de ‘Confines’.

El hielo ocupa el 60 % de la superficie de Longyearbyen, la localidad más septentrional del planeta. “Hay más osos polares que personas”, afirma Javier Reverte. Exactamente, 3.000 osos frente a 2.000 habitantes, dato por el que la ley exige que cualquier ciudadano que abandone los núcleos de población vaya armado con un rifle. La vida allí no es sencilla. No crecen árboles, ni se puede cultivar nada. La madera es un producto de lujo. Sin embargo, estos inconvenientes son compensados con ayudas sociales y ausencia de impuestos. ¿Por ejemplo? Los noruegos cuentan con una ayuda de 20.000 euros por instalarse allí y el alcohol corre sin restricciones libre de impuestos, lo que abarata mucho su coste.

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