Misión Evangélica: La lucha diaria

Cada día desde el amanecer y durante la noche, a cada paso, en cada situación y en toda ocasión se vive una lucha diaria. Lucha constante que horroriza. La lucha es deshumanizante, cruel, perversa y sugestiva.

No me refiero a los secuestros, a la lucha por el territorio del narco, el cobro de plazas, del crimen organizado.
No me refiero a las marchas y protestas por defender el derecho de abortar, el de los homosexuales, el derecho de las mujeres feministas.

No estoy diciendo de la violenta guerra sucia de los partidos políticos, la corrupción que ha destruido el tejido social. No me refiero a la guerra del espionaje para sacar lo que se trama a ocultas, el complot y traiciones del fuego amigo-enemigo.
Todas estas mencionadas son el final, en ese final la conciencia ya está muerta.

La lucha diaria a la que me refiero, perversa y sugestiva, es esa que de manera constante vivimos inmersos los seres humanos, Esa que nos convierte en monstruos, la que nos vuelve inhumanos, la que lentamente nos lleva a ver como «normal» la violencia, el libertinaje y la maldad.

«Un poco de veneno no mata» dice mi compadre Inocencio; el problema es que mucho le parece poco y poco nada. Ahora es un alcohólico y drogadicto.
Beber poco, robar poco; ser poco perverso, mentir poco; se vuelve mucho des pues, y mucho es nada cuando la conciencia ha sido asesinada.

Dios está en la realidad de la lucha diaria de los seres humanos.
La realidad del evangelio nos lleva a ver la realidad de la vida, con los ojos de los oprimidos.
¿Cómo ven los pobres, los oprimidos la realidad de la vida? La ven como la vio el mismo Jesús.

Jesús fue pobre, no encontró lugar en el mesón al nacer, fue un perseguido a muerte por el cruel Herodes, dijo: «El hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza»; uso barcas prestadas para predicar, un burro prestado para proclamarse Rey en Jerusalén y una tumba prestada para sepultarlo.

Los ojos de los pobres. Ellos solo esperan en Dios al ver su mesa vacía, su nevera sin lo necesario.

La lucha diaria es por no acostumbrarnos a ser crueles, mezquinos y salvajes con los menos favorecidos. Descuidar lo pequeño nos lleva a olvidarnos de Dios y en el olvido de Dios nos volvemos monstruos.

A Jehová presta el que da al pobre, el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar. Prv. 19:17.

Bendiciones amigos y hermanos caminantes del camino de Dios. SJ. Carlos César González Cruz.

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