Los pájaros no paran de cantar en Ketama, Marruecos
Los trinos disimulan cierta dosis de “kief”, la felicidad absoluta del maldito poeta parisino Baudelaire, en sus “Paraísos artificiales”, tras experimentar con el haschís…
Santiago J. Santamaría Gurtubay
La Francia de Mbappé ya tiene cita con la Argentina de Messi, tras derrotar por dos goles. Dos bicampeones del mundo frente a frente el domingo 18 de diciembre en Lusail. Y con el gran icono del siglo futbolístico y quien más sugiere que será su heredero. Por el camino, la selección gala despertó a Marruecos, un equipo que ha dejado huella en Qatar, donde se ganó con creces el derecho a soñar. Una selección que durante un largo tramo del encuentro compitió con todo lo que tiene y más frente al campeón. Marruecos no se arrugó, dispuesta al do de pecho costara lo que costara. El equipo se exprimió como un limón con una explotación conmovedora de todos sus recursos, incluso de los que no tiene. Los marroquíes hacen historia al clasificarse por primera vez para las semifinales tras vencer a la selección lusa. Los Leones del Atlas son la primera selección africana que estará entre los cuatro mejores de la Copa del Mundo. En Nesyri marcó el único gol del partido justo antes del descanso. Cristiano Ronaldo salió en la segunda parte desde el banquillo. Marruecos disputará por primera vez en su historia las semifinales de la Copa del Mundo después de vencer a Portugal gracias a un solitario gol de En Nesyri. El delantero del Sevilla anotó con un cabezazo justo antes del descanso y su equipo logró aguantar la ventaja hasta el final del partido para convertirse en la primera selección africana que alcanza a la antesala de la final de un Mundial. Los lusos, que comenzaron sin Cristiano Ronaldo, tuvieron bastantes ocasiones para empatar, pero se toparon con un inmenso Bono, de nuevo salvador de los suyos, e incluso con los palos. El 7 entró en la segunda parte y alcanzó el récord histórico de internacionalidades, igualando los 196 partidos con su selección del kuwaití Bader Al-Mutawa. Tras sumar una nueva gesta en este Mundial en el que ya han dejado fuera a Bélgica y España, Marruecos luchó por meterse en la final contra el ganador del duelo entre Inglaterra y Francia, el equipo francés.
Lo que más recuerdo es la sensación de sorpresa: sorpresa porque tanta gente estuviera hablando de lo mismo, y además con tanta pasión, como si lo ocurrido fuera una cuestión política. Hablaba del tema la mujer que alquiló un cuarto, hablaban los estudiantes, hablaban las profesoras, y todo el mundo tenía una opinión sobre lo que había dicho Jean-Marie Le Pen, presidente del Frente Nacional. Era el mes de julio de 1996; unos quince días antes, después de que la selección francesa de fútbol se clasificara para la semifinal de la Eurocopa, Le Pen había atacado a los futbolistas por no cantar La Marsellesa, sugerido que el equipo era “artificial” porque estaba lleno de “extranjeros” y amenazado con “revisar su situación” cuando llegara a la presidencia. Era un ataque racista, por supuesto, y olvidaba convenientemente que todos los jugadores de ese equipo –todos menos uno: Marcel Desailly, nacido en Ghana– habían nacido en Francia o en colonias francesas. Aimé Jacquet, el entrenador, reaccionó bien: “Yo no respondo a un payaso”.
Pero el payaso siguió hablando. Frente a un micrófono hizo el inventario de los que consideraba, a todas luces, franceses de segunda. “Lamouchi es tunecino nacido en Francia; Loko, congolés nacido en Francia; Zidane, argelino nacido en Francia; Djorkaeff, armenio nacido en Francia”. Y concluyó: “Sería bueno encontrar jugadores en Francia”. Las declaraciones del ultraderechista envalentonado siguieron haciendo ruido mucho tiempo, y después, en medio de una marcha por los derechos (o los papeles) de los inmigrantes, vi a más de uno llevando pancartas con el escudo de la selección, las fotos o los nombres de los jugadores, mientras la gente cantaba: “¡Primera, segunda, tercera generación! ¡Todos somos hijos de inmigrantes!” Y poco después, durante el último verano que pasé en París, me vi metido en una multitud que ya no se manifestaba para exigir los derechos de los inmigrantes, sino para celebrar que la selección francesa –la de los hijos de inmigrantes: el argelino, el congolés, el armenio– había ganado por primera vez la Copa del Mundo.
He estado recordando esos días ahora que la extrema derecha francesa ha vuelto a dar su opinión sobre fútbol, o a usar el fútbol para hablar de su idea racista de Francia. Éric Zemmour, xenófobo y antisemita que ha querido ocupar el espacio de los extremistas–puesto que Marine Le Pen hace intentos desesperados por lavar la cara del Frente Nacional, después de tantos años de fracasos electorales–, hablaba indignado el otro día de los franceses de origen marroquí que, según él, celebrarían la victoria de Marruecos. “¿Cómo reaccionaría el rey de Marruecos”, preguntó, “si en Marrakech miles de franceses llegaran a celebrar la victoria de Francia?” Los comentarios no tenían más objetivo que atizar las tensiones raciales y los fantasmas del nacionalismo, estrategia siempre ventajosa cuando las tensiones son reales: y lo son. Pero esos varios minutos dedicados a escupir veneno en televisión fueron también la demostración elocuente de todo lo que pasará esta tarde en el campo de fútbol.
Pues, como ocurre siempre o casi siempre en los mundiales, el partido Marruecos-Francia es mucho más que un partido. El equipo de Marruecos, que ha llegado más lejos de lo que nadie esperaba, se ha convertido además en bandera o pararrayos de muchas causas de nuestro mundo globalizado: árabes, africanas, musulmanas, poscoloniales. Como el fútbol es inevitablemente político, aunque eso tanto le choque a la gente de la FIFA, era imposible que no se señalara el trayecto que ha recorrido Marruecos. Las victorias contra Bélgica, España y Portugal, como entenderá cualquiera, son fáciles de convertir en una metáfora de las relaciones colonialistas entre Europa y África. Y eso es complicado y terriblemente interesante: pues la amplia mayoría de los jugadores de Marruecos no nacieron en Marruecos, sino en esa Europa. El técnico, Walid Regragui, nació en Francia, igual que Saiss, el capitán; Munir El Haddadi nació en El Escorial, y en Madrid nació Hakimi, el autor del penalti que eliminó a España.
En las capitales de esos países europeos, en barrios a veces duros de conflictos no siempre resueltos, vive una diáspora que ha celebrado los partidos pasados con emociones que son mucho más complejas, más ambiguas y menos clasificables de lo que le gustaría a Occidente; y, como el fútbol tiene siempre un lado oscuro y no escoge lo que refleja, sino que lo refleja todo, las tensiones acumuladas por más razones de las que caben en esta página –sociales, raciales, religiosas, algunas que no son nada de eso o que lo son todo al mismo tiempo– se han convertido a veces en violencia. Así ocurrió en varias ciudades belgas después del partido, para gran dicha de la extrema derecha, que utilizó y seguirá utilizando los desmanes de los violentos (como hizo Zemmour) para aplicar el manual del perfecto populista: el ellos contra nosotros, el enemigo interno, la guerra de identidades en la que tantos caen con tanta facilidad. El fútbol también saca el lado más oscuro de todo. Así es ahora y así ha sido siempre. La pregunta es quién utiliza eso, y para qué.
Lo irónico del caso Zemmour, así como del de aquel Jean-Marie Le Pen que en 2006 se quejaba de que hubiera demasiados jugadores de color en la selección francesa, es que el equipo de hoy está construido en buena parte con los hijos o nietos de inmigrantes africanos: Mbappé y Tchouaméni, por poner sólo dos ejemplos, son descendientes de cameruneses. No es imposible leer las dos selecciones que se enfrentan hoy como las dos caras de una misma moneda: hay jugadores que crecieron en el mismo barrio y esta tarde jugarán con camisetas distintas. En el equipo de Marruecos jugarán hombres que habrían podido, por azar o por voluntad, representar a Francia; al revés ocurre un poco lo mismo. Para cierta derecha francesa, obsesionada con un país que cada vez es menos blanco, esta circunstancia es fuente de ansiedades inagotables: la idea misma de las identidades con guion (franco-argelino, franco-marroquí, franco-camerunés) les resulta francamente aterradora.
Como si el futuro y el pasado se hubieran resuelto en un universal juego de pelota. De las cruzadas de los frany, de los occidentales y sus ardorosas guerras santas, de la milenaria hostilidad entre el Islam y Occidente hemos pasado a la pacífica victoria del mundo árabe, bereber o de cualquier tribu que mira a La Meca. No hay lanzas en este campo de batalla, hay una desbordada unión en una felicidad de un pueblo unido tras unos cuantos héroes, los Leones del Atlas, que han conseguido que esta parte del mundo, en la que se mezclan las adidas y las babuchas, las camisetas de Nike y los velos, los tajines y las hamburguesas, sean capaces de estar instalados en una ilusión retransmitida en directo por televisiones que sirven para la colonización del Occidente y también para asistir en vivo a su derrota.
Cuando el árbitro pitó el final del Portugal-Marruecos, parecía que no fuese un país, sino todo el mundo árabe y el continente africano, los que acababan de clasificarse para semifinales del Mundial de Qatar. Desde Gaza a Costa de Marfil, pasando por Irak, Túnez, Senegal o Egipto, se sucedieron las celebraciones en las calles, con banderas marroquíes, cánticos y reparto de dulces. En la ciudad palestina de Belén, donde un cartel luminoso en un cruce mostraba la bandera marroquí con la frase “Sí se puede”, los conductores hicieron sonar los cláxones sin descanso en cuanto los Leones del Atlas se convirtieron en el primer combinado árabe y africano de la historia en llegar tan lejos en la competición, más aun dejando en el camino a dos selecciones a priori favoritas: España ―con el añadido simbólico de que esta ejerció un protectorado sobre parte de Marruecos entre 1912 y 1956, año de la independencia― y Portugal.
Solo las mujeres y los niños presenciaban las actuaciones con motivo de la Navidad en una plaza de Beit Sahur, una localidad cristiana cerca de Belén, cuando Marruecos disputaba los cuartos. Mientras, los hombres vivían el partido en las cafeterías como si jugase la propia selección palestina, ausente de Qatar. En la israelí Yaffa, histórica localidad de mayoría árabe hoy integrada en Tel Aviv, los coches pasaban con banderas de un país del que la separan 4.000 kilómetros. Ya la victoria ante España fue celebrada por miles de personas en las ciudades cisjordanas de Ramala y Nablus bailando y coreando el nombre de Marruecos.
Poco importa estos días que Rabat se convirtiese, hace exactamente dos años, en uno de los escasos países árabes en reconocer al Estado de Israel, una decisión impopular. O la rivalidad que mantiene con la vecina Argel, o las de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos con la anfitriona Qatar. Estos días pesa más la identidad común ―que remite a los tiempos del panarabismo―, el pasado compartido bajo colonización europea y, en general, la sensación de que uno de los parias futbolísticos del planeta está haciendo historia ante las grandes potencias. El miércoles es, para más inri, el turno de la antigua metrópoli, Francia. El propio combinado marroquí abona esta narrativa. “Nos llegan las buenas vibraciones y la energía que nos envían árabes y africanos. Todos están ahora con nosotros”, se felicitaba su entrenador, Walid Regragui, después de haber derrotado a Bélgica, España y Portugal, tres de las selecciones a priori más sólidas. “¿Por qué no habríamos de soñar? Si no sueñas, no conseguirás nunca nada”, reflexionaba en voz alta. Los triunfos encadenados de los Leones del Atlas parecen venir de la misma materia con la que están hechos los sueños, según el propio Regragui: “Si pones corazón, determinación y humildad puedes forjar tu propia fortuna”.
Nacido y educado en Francia, el seleccionador ha sabido diseñar una formación en la que también 14 de sus 26 jugadores han nacido en el extranjero, en la diáspora marroquí. El mensaje de preferir la camiseta nacional de los padres y abuelos, en lugar de la de los países de nacimiento o arraigo, ha calado también en África y el mundo árabe ―fanáticos bienintencionados del fútbol―, a quienes Marruecos ha ofrecido por primera vez el orgullo de codearse con los mejores en semifinales. Las celebraciones en Marruecos no han tenido fin. Las tardes y noches de júbilo popular que ya se han vivido en las calles “pasarán a los anales”, como ha destacado el escritor Tahar Ben Jelloun, el novelista marroquí contemporáneo con mayor proyección internacional. No solo lo han celebrado los grupos de hinchas más jóvenes, auténticas barras bravas que convierten los estadios de Rabat y Casablanca en ollas a máxima presión. También se han echado a la calle familias enteras, las abuelas con sus nietos y numerosas muchachas que reivindicaban el derecho a expresar por su cuenta una alegría desbordante.
Pero también en el resto del Magreb han seguido absortos por televisión la imparable progresión de Marruecos en Qatar. Como en Túnez, que quedó apeado en la primera ronda pese a haber derrotado a la selección francesa, y hasta en Argelia, excluida del Mundial y principal rival ―no solo futbolístico― en la región. En su desafío a Les Bleus, los Leones del Atlas esperan contar con el respaldo de la afición magrebí, con la que comparten la memoria de la dominación colonial francesa. El Gobierno de Argel, que rompió el año pasado relaciones diplomáticas con Rabat, entre otras razones por su posición tradicional en el conflicto del Sáhara Occidental y su alianza con Israel, ha guardado silencio oficial ante los éxitos del país vecino. La televisión estatal ha informado con discreción de las victorias marroquíes, pero la principal página web deportiva argelina ―DZfoot, seguida por más de un millón de aficionados― fue mucho más elocuente tras el pase a semifinales: “Heroico. Histórico. Mabruk (felicidades, en árabe)”.
Marruecos se ha ganado en el terreno de juego el corazón de árabes y africanos. Era el equipo de fútbol de una sola nación, en ocasiones enemistada por la geopolítica con vecinos y aliados, pero ahora es también el favorito de cientos de millones de aficionados para quienes encarna el sueño de la gloria deportiva. Tras la eliminación de España en octavos, la reina de Jordania, Rania, publicó un tuit cuya parte en árabe (“Enhorabuenaaaaaa a los Leones del Atlas, nos habéis hecho felices”) enfatizaba el sentimiento compartido, a diferencia de la escrita en inglés: “¡Guau, Marruecos! Lo habéis hecho otra vez”. En la vecina Líbano, inmersa desde 2019 en una dura crisis económica, siguen sus partidos en el móvil o en cafeterías, porque el internet se cae y la televisión pública no ha podido comprar los derechos de retransmisión a causa de la elevada deuda pública estatal.
No es solo el Magreb u Oriente Próximo. De Dakar a Lagos y de Johanesburgo a Uagadugú, toda África celebra la gesta. Las selecciones del continente nunca habían superado los cuartos, a los que llegó Camerún, en 1990, Senegal, en 2002, y Ghana, en 2010. Tras la victoria ante Portugal, decenas de jóvenes saltaban de alegría en Dakar en medio de la plaza de la Independencia. Los automovilistas hacían sonar sus cláxones al pasar a toda velocidad por la Cornisa Oeste, mientras los transeúntes los saludaban con el puño en alto. “Estamos todos con ellos, en este momento llevan la bandera y el orgullo de todo un continente”, aseguraba un joven estudiante senegalés, Adama Diop, tras ver el partido. Ese significado especial se acrecienta aún más ahora porque Francia, el último escollo hacia la final, es la antigua metrópoli colonial de buena parte de África. “Si los Leones derrotan a Mbappé y compañía, la fiesta va a ser total”, resumía. “Todo el continente os apoya”, tuiteó uno de los jugadores africanos más populares, el camerunés Samuel Eto’o, ex del Barcelona. Otra de las estrellas del continente, Didier Drogba, el delantero marfileño que jugó en el Chelsea, mandó un mensaje al seleccionador marroquí: “Hermano, estoy muy contento por ti”. Fuera del ámbito deportivo, Macky Sall, presidente de Senegal y de la Unión Africana, escribió en su perfil de Twitter: “¡Histórico! ¡Y fantástico! Los Leones del Atlas están clasificados para semifinales de la Copa del Mundo! ¡Bravo por Marruecos!”.
Las relaciones políticas entre Marruecos y el resto del continente no han sido siempre fáciles, pero el incremento de la inversión del reino alauita en la región subsahariana, la mejora de las relaciones bilaterales con muchos países, la presencia de una considerable diáspora en varias capitales y su regreso a la Unión Africana en 2017 han recolocado a Rabat en una posición más central de la vida del continente. James M. Dorsey, experto en fútbol en Oriente Próximo y el norte de África, contextualiza el fenómeno en dos elementos. El primero es un cierto desquite de una “parte del mundo que ha pasado la última década a la defensiva a causa del terrorismo, la violencia política y la islamofobia”. El segundo es que se produce en un contexto de viraje de las relaciones internacionales de la unipolaridad a la multipolaridad, con la consiguiente pérdida de peso de Occidente. “En cierto modo, las victorias de Marruecos están siendo percibidas en ese marco”, asegura.
Dorsey aclara, no obstante, que la experiencia histórica no lleva a pensar que la proeza marroquí “vaya a tener consecuencias reales prácticas” más allá de lo futbolístico. Y pone dos ejemplos: el partido entre soldados británicos y alemanes durante la famosa tregua de Navidad de 1914, al comienzo de la I Guerra Mundial, y la victoria de Irak en la Copa Asia en 2007, un año en el que estaba particularmente sumido en atentados y enfrentamientos sectarios. Ni la primera impidió millones de muertos y cuatro años más de conflicto, ni la segunda ―celebrada al unísono por kurdos, suníes y chiíes― frenó el derramamiento de sangre. “Suele decirse que el fútbol, y el deporte en general, es un puente, pero solo lo es cuando se quiere usar como tal”, resume Dorsey, investigador sénior de la Escuela de Estudios Internacionales S. Rajaratnam de la Universidad Tecnológica Nayang de Singapur y director del blog The Turbulent World of Middle East Soccer (El turbulento mundo del fútbol de Oriente Próximo). El espectacular episodio debe encender todas las señales de alerta en las instituciones democráticas europeas, no tanto por su alcance —el Parlamento Europeo cuenta con 705 eurodiputados y miles de trabajadores, y la investigación, aunque sigue abierta, afecta a una veintena de personas— sino por las enormes debilidades que revela. La presidenta, Roberta Metsola, advertía el lunes de que “los enemigos de la democracia no se detendrán ante nada”. Venía a decir así que en el actual contexto geopolítico, corromper a los representantes de la ciudadanía es una vía para minar las democracias desde dentro, casi una variante o una nueva forma de ataque híbrido. Pero a Metsola y a la Eurocámara en general les faltan grandes dosis de autocrítica en un caso tan sórdido: el caso demuestra que faltan normas más firmes y, sobre todo, que faltan controles en la lucha contra la corrupción, en una institución que debería ser intachable y que, en cambio, es sospechosamente permeable ante episodios de compra de capacidad de influencia.
La Eurocámara, y las instituciones europeas en general, están obligadas a reforzar al máximo sus mecanismos de vigilancia tras un escándalo que ha dejado al descubierto sus debilidades y que aún tiene mucho recorrido: la policía y la Fiscalía belga llevan cuatro meses investigando. El Parlamento Europeo tiene ya un código de conducta y órganos internos de control, que hay que reforzar al máximo. Pero el Qatargate obliga a ir mucho más lejos y a activar también órganos de control independiente interinstitucionales en la UE, con capacidad para indagar en todas las instituciones europeas. A ese respecto por ahora solo hay vagas promesas. Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
La Eurocámara lleva tiempo arrogándose el papel de guardián moral de la UE; no en vano es la única institución elegida por sufragio directo. Pero las informaciones difundidas a raíz del caso que afecta a una de sus 14 vicepresidencias amenazan sobremanera ese estatus. Si quiere mantener su papel de conciencia moral deberá sacar lecciones de lo sucedido estos días y, sobre todo, extremar la vigilancia: es por lo menos chocante que haya un registro para dejar constancia de las reuniones de los eurodiputados con los lobistas, pero no con representantes de Estados extranjeros que, como el caso de Qatar, son regímenes autocráticos donde los homosexuales son víctimas de graves vulneraciones de derechos, y el 25% de la población son mujeres, todas bajo tutela de un varón y sin asomo de derechos equiparables a una democracia liberal. EE UU lleva meses investigando la supuesta corrupción en la concesión del Mundial a Qatar. Que las sospechas de corrupción y sobornos para limpiar la imagen del emirato alcancen ahora a las instituciones europeas es de lo más preocupante.
Decía Vasili Kandinsky que todos los colores pueden ser cálidos o fríos, pero en ninguno este contraste es tan intenso como en el rojo. La Roja, nombre por el que se conoce a la selección española de fútbol en todo el mundo, alude al color de la camiseta nacional, pero también al mito de la furia española, fraguado en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, los del legendario grito de Belauste: “Sabino, a mí el pelotón que los arrollo”. La calidez del rojo refleja la pasión como parte intrínseca del juego, como metáfora del deporte entendido como sustitutivo de la guerra, pero Kandinsky hablaba también de la frialdad constitutiva del rojo, una tonalidad que también tiñe este extraño Mundial de Qatar. Porque no nos engañemos: todos nos deleitamos desde el pasado domingo con el que es quizá el mayor espectáculo deportivo del mundo, sin que nos importe demasiado que esta competición fetiche esté, literalmente, bañada en sangre. Y no es una exageración: desde el anuncio de la elección de Qatar como sede del Mundial, han muerto al menos 6.500 trabajadores inmigrantes (probablemente una subestimación), muchos de ellos en la acelerada construcción de los estadios que hacen posible el evento. Es una cifra escandalosa, y aún más si la ponemos en contexto: es más de una muerte por minuto de fútbol reglamentario, más de 100 muertes por partido. Pero recordemos algunos otros hitos.
A nadie escapa que la adjudicación del torneo se aseguró mediante el petrosoborno, a través de los beneficios generados por una de las industrias que más contribuye a destruir nuestro planeta. Pero es que, además, el Mundial se celebra en un país abiertamente hostil a las mujeres y criminalizador de la comunidad LGTBIQ+, por no hablar de que se trata de un evento tradicionalmente veraniego celebrado en otoño por pura codicia, aunque también haya ahí una poderosa metáfora: el cambio climático ha ampliado finalmente nuestro verano occidental. En cualquier caso, el histórico reciente de la FIFA tiene su miga. La adjudicación del Mundial de 2018, igualmente corrupta, cayó en las manos de una Rusia que ya había ocupado partes de Ucrania en 2014, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Sochi. El contraste con las antiguas Olimpiadas no podría ser mayor: si aquellas estaban marcadas por la ekejeria (la “promesa de la tregua olímpica” o “paz olímpica”), en nuestra cínica versión moderna, por poner otro ejemplo reciente, China pidió a Rusia que retrasara su invasión de Ucrania hasta después de los Juegos de Invierno de Pekín. El impacto mediático y los pingües beneficios asociados son la nueva koiné de la diplomacia deportiva. Por supuesto, y a pesar de que los parlamentos y cancillerías de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Holanda o Canadá denunciaron el genocidio contra los uigures, todos ellos enviaron entusiastas delegaciones deportivas para sumar, entre los cuatro, 84 “gloriosas” medallas. Son apenas algunos ejemplos de la vergüenza del deporte, utilizado como cínica cobertura de aprovechados, sátrapas y belicistas.
Por supuesto, nada de esto es reciente. La corrupción extrema del COI, la FIFA y la UEFA, todas entidades privadas, es antigua y está bien documentada. Todos sabemos que la organización de megaeventos deportivos beneficia a un número limitado de contratistas, malgastando recursos que podrían destinarse a mejorar o potenciar los servicios públicos. Atenas 2004, Londres 2012 y Río 2016 superaron con creces sus presupuestos iniciales, anticipando o coincidiendo con severas crisis fiscales del Estado. Madrid, por fortuna, evitó por los pelos la previsible orgía de contratos con los amigos de la Gürtel y Bárcenas, aunque los ejemplos de mala gestión, lavado de dinero, tráfico de influencias y otras corruptelas han ocupado cabeceras internacionales, desde el caso FIFA, que acabó con las cabezas de Blatter y Platini, hasta el presunto pelotazo de la Supercopa de España, que se celebra en la wahabita Arabia Saudí para mayor gloria de Rubiales y Piqué.
Pero los vínculos dictatoriales del deporte mundial están bien ensayados. No olvidemos que los Juegos Olímpicos modernos fueron fundados por aristócratas europeos, o que el relevo de la antorcha fue un símbolo ensayado por vez primera en las Olimpiadas de Berlín de 1936, bajo la atenta mirada de Adolf Hitler e inmortalizado por Leni Riefenstahl: un acto simbólico diseñado por Joseph Goebbels para mostrar el creciente poder del nazismo. El recorrido de aquella antorcha es muy elocuente. Tras encenderse en Olimpia mediante un espejo parabólico y rayos solares, recorrió Bulgaria, Yugoslavia, Hungría, Austria y Checoslovaquia, países que no tardarían en caer bajo el dominio nazi. Pero hay más ejemplos. Los Juegos de 1968 se celebraron tras la masacre estudiantil de Tlatelolco, y sus más célebres participantes, los atletas afroamericanos Tommie Smith y John Carlos, fueron inmediatamente deportados tras levantar el puño que simbolizaba el ‘black power’ y la lucha por los derechos civiles. Por su parte, el Mundial de Fútbol de 1978 sirvió de eficaz escaparate publicitario para la Junta Militar Argentina mientras llevaba a cabo el exterminio ideológico y físico de buena parte de su población.
España, sin ir más lejos, es un buen ejemplo de las contradicciones del deporte mundial. El golpe de Estado de Francisco Franco interrumpió la Olimpiada Popular de 1936 en Barcelona, celebrada en oposición al espectáculo propagandístico de Berlín. Los Juegos volverían en 1992 de la mano de un sonriente Juan Antonio Samaranch, falangista de primera hora, procurador en las Cortes franquistas y eterno presidente del COI, a cuya reelección renunciaría por un escándalo de corrupción, aunque acabaría celebrado con una fastuosa capilla ardiente como hijo predilecto de Cataluña. Así que, visto lo visto, ninguna de las polémicas que rodean al Mundial de Qatar debería sorprendernos. Paradójicamente, los mayores espectáculos lo son porque son los más inclusivos, ya que, nos guste o no, reflejan el mundo tal y como es. Hay mucho dinero por ganar mimando a las dictaduras, como bien sabía nuestro rey emérito. Y con el circo, siempre viene el pan. El disfrute del aficionado de a pie consiste en ceder el control de los acontecimientos y experimentar toda la gama de emociones humanas en apenas 90 minutos, desde la euforia de la victoria hasta la devastación de la derrota. Pero ahí está, precisamente, la vergüenza de quienes nos decimos demócratas: en ceder el control y renunciar a cualquier impulso ético a cambio de ser entretenidos. Nuestra pasividad como espectadores anticipa nuestra pasividad como ciudadanos. La fórmula es fácil: el disfrute es nuestro, pero los beneficios no. El Mundial de Qatar se constituye, así, en una potente metáfora de un mundo que arde para provecho de unos pocos, mientras la mayoría nos mostramos incapaces de desprendernos de nuestros hábitos de consumo. La construcción de megaestadios en el desierto sólo lo hace más explícito y obsceno, pero no cambia nada: el deporte solo es un síntoma; el problema está en cómo organizamos nuestras sociedades y economías, en cómo se relacionan las naciones.
Nos guste o no, nuestro consumo, también el deportivo, tiene un coste humano abrumador que se desplaza de arriba abajo, de ricos a pobres, de los blancos manteles del deporte mundial a las espaldas ennegrecidas de miles de trabajadores sin nombre. Como nos ha recordado hace bien poco el entrenador del Liverpool, el alemán Jürgen Klopp, todos tenemos la culpa. Pero unos más que otros. La extrovertida afición de Casablanca recibe el resultado con sentimientos encontrados de resignación por la derrota ante Francia y de satisfacción por las altas cotas alcanzadas en el Mundial. Las rachas de diluvio que se precipitaron este miércoles sobre Casablanca no frenaron ni un ápice el brío de sus moradores en la gran noche del fútbol marroquí. La megaurbe costera no contará con el pedigrí capitalino de Rabat, ni el pasado imperial de Fez o Marraquech, ni tampoco el aura cosmopolita de Tánger. Pero Casablanca encarna la energía joven y confiada del Marruecos moderno, la misma que ha llevado a su selección nacional hasta las semifinales del Mundial de Qatar. Miles de aficionados vibraban en directo ante las pantallas gigantes del entoldado situado a la vera del estadio Mohamed V o en puntos de reunión estratégicos como el macrocentro comercial Morocco Mall, a orillas del Atlántico.
El temprano gol francés impuso el silencio en las calles casablanquesas, pero los rugidos de angustia y excitación pronto volvieron a resonar en la metrópolis. El tanto postrero de Kolo Muani desató sentimientos encontrados de resignación, por la derrota ante Les Bleus, y satisfacción, por las altas cotas alcanzadas en el Mundial. Desde las grandes ciudades hasta la más pequeña aldea del país magrebí, la expectación ante el choque deportivo con Francia, la expotencia colonial cuya cultura impregna la vida cotidiana marroquí, se reproducía con el mismo esquema. Grandes reuniones familiares en torno al televisor o cónclaves de amigos y vecinos en las mesas de un café. Mohamed (prefirió no facilitar su apellido), de 44 años, se atareaba poco antes del partido en el restaurante Casa José, una cadena española de tapas finas muy apreciada en Marruecos, para atender a más de 150 comensales durante el encuentro. “En cuanto suene el pitido final saldrán todos a la calle para celebrarlo, ganen o pierdan; lo que ha conseguido el equipo nacional ya es historia”, pontificaba el gerente del local situado cerca de la estación ferroviaria Casablanca Puerto, en la intersección de la antigua medina con el núcleo de la era colonial francesa.
No son muchos los marroquíes que pueden costearse en ese restaurante un menú que supera de largo los 200 dirhams (unos 18,5 euros) por persona, en un país donde cuatro de cada diez asalariados declarados solo perciben los 3.000 dirhams (280 euros) mensuales del salario mínimo oficial. La economía informal o sumergida, por lo demás, sigue teniendo un peso del 30%. En la vecina estación del Puerto, corazón del sistema de cercanías de Casablanca y su periferia, Fátima Gherazi, de 25 años, terminaba su café antes de abordar un tren con destino a Rabat, donde residen sus padres y hermanos. “Esto hay que vivirlo con la familia”, sostenía esta empleada en una red de apartamentos turísticos en Casablanca que estudió administración y dirección de hoteles en Tánger. “La estrategia del equipo de Marruecos está dando buenos resultados. Puede que sea demasiado defensiva”, analiza, “pero nos proporciona grandes alegrías”.Cree firmemente que los éxitos de los Leones del Atlas en Qatar han contribuido a mejorar la imagen de su país. “Marruecos nunca ha dejado de creer”, considera, ante rivales de la talla de España, Portugal o, ahora, Francia. “Confío en que servirá para que mejore también el sector del turismo y la economía en general; los países árabes y africanos están ahora con nosotros”, señalaba esta profesional antes de dirigirse hacia el andén en la terminal ferroviaria. Miles de pasajeros se apresuraban también para llegar a tiempo de seguir ante la pantalla el partido de más alto nivel disputado por la selección de Marruecos en toda su historia.
De madrugada, cientos de viajeros se habían dirigido al aeropuerto de Casablanca para embarcar en uno de los 30 vuelos especiales con destino a Doha programados por Royal Air Maroc (RAM). La cancelación de siete de ellos, aparentemente en un intento de Qatar de evitar la llegada de espectadores sin billete de entrada al estadio, desató las protestas en la terminal aérea, según la prensa digital marroquí. Tanto en la Medina de Casablanca, en la que aún subsisten bolsas de miseria, como en el distrito popular de Maarif, se respiraba el optimismo que emana de los éxitos de Marruecos, acompañados del benéfico temporal de lluvias que ha aplacado la peor sequía de los últimos 30 años. “Al menos tenemos alguna alegría en medio de las crisis encadenadas de la covid y de la guerra de Ucrania, que han dañado nuestra economía”, reconocía Karim Salah, de 47 años, en su establecimiento informático de Maarif, que fue el barrio de los republicanos exiliados en Casablanca y sigue siendo feudo de la izquierda marroquí. Rodada íntegramente en EE UU hace ahora 80 años, la película “Casablanca” dejó, sin embargo, la impronta del nombre de la ciudad en la memoria de la cultura universal. En el recuerdo quedan algunas de sus frases memorables, que bien pueden servir para describir la trama vivida en las últimas cuatro semanas por los Leones del Atlas. Han iniciado una larga amistad con millones de aficionados de todo el mundo. Y, como a todos los marroquíes, siempre les quedará Qatar.
El hachis, la ‘droga blanda’, llega ‘del moro’ a España. Ketama, cercana a la ciudad marroquí de Fez, en plena cordillera del Rif, tiene miles de campesinos cultivando, en más de cien mil hectáreas ‘oficiales’, desde hace siglos, ‘cannabis’.- Los ‘agricultores’ tachan de “locos” a las organizaciones que les insisten machaconamente en introducir productos agrícolas alternativos como el azafrán, la hierbaluisa, la lavanda o las rosas para elaborar jabones, aceites u otros productos cosméticos.- Charles Pierre Baudelaire en sus “Paraíso artificiales” loaba su consumo hace más de un siglo. Miles de jóvenes ‘muleros’ trasladaban en el interior de su cuerpos condones llenos de bolas de ‘chocolate’. Hace más de treinta años, muerto Francisco Franco, España estrenaba libertad. Todo el mundo ansiaba: leer “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez sin ser increpado por la Guardia Civil en un control y conducido al Cuartel de Eibar para ser interrogado -fue una experiencia personal-; ver “El gran dictador” de Charles Chaplin; oir canciones de Pedro Infante, Jorge Negrete, Chavela Vargas, Trío Los Panchos, prohibida por el dictador al romper México sus relaciones con España tras el fusilamiento de cinco jóvenes antifranquistas, Juan Paredes Manot ‘Txiki’, Ángel Otaegi, José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz, el 27 de septiembre de 1975; viajar a la Europa democrática y a París y poder comprarse unos libros de la editorial “Ruedo Ibérico” y poder acceder a otras fuentes donde conocer algo más de nuestro reciente pasado gracias a Hugh Thomas y su clásica “Historia de la Guerra Civil Española”, “La operación Ogro” de Julen Agirre, seudónimo de la escritora Eva Forest donde se narraba el atentado contra el Almirante Carrero Blanco, “Historia de España” de Manuel Tuñón de Lara…; comprar el doble LP de recital que Paco Ibáñez dio en el Olympia musicalizando poemas de García Lorca, Miguel Hernández, Archipreste de Hita, Pablo Neruda, Antonio Machado…; probar un absenta en la cafetería “La Palette”, lugar que fue de encuentro de Pablo Picasso, Salvador Dalí, Juan Gris, Wilfredo Lan; alquilar en el Centro George Pompidou el documental “Las Hurdes, la tierra sin pan”, rodado por Luis Buñuel; acudir a un cine cualquier y gozar de “El último tango en París”, “Delicias turcas”, “Enmanuel”…; deambular por las calles sin ser molestado por los ‘secretas’ -policía política de Franco- por tener un único defecto: ser joven e ir a tu ‘pedo’, ‘transpirando’ libertad… Eso les jodía.
En este escenario -“sospechosamente” para los más paranoicos-, de un día para otro, aparte del tradicional alcohol de ‘cubatas’ y ‘gintonics’, los jóvenes descubren que sus madres y abuelas toman “Bustaid” y otras ‘anfetas’ para bajar de peso y que éstas le dan terrible ‘marcha’ a uno; las plazas de los barrios antiguos de España se llenan de ‘talegos’ de haschís, a mil pesetas cada uno y con los que uno puede prepararse hasta diez ‘joints’… “Porros’ que se fuman solidariamente, acorde con la ingenua etapa postfranquista, donde lo nuevo era bautizado sin previa ‘catequesis’ alguna. La España juvenil ya no estaba dividida en dos bandos tradicionales, el rojo y el azul, sino en dos innovadores segmentos sociales ‘los alcohólicos anónimos’ (extrema izquierda dividida en más de un centenar de partidos pro maoístas, vietnamitas, trosquistas, soviéticos, cubanos, abertzales…, expertos en mil y un brebajes ‘baconianos’) y ‘los estudiantes de farmacia” (expertos en haschis, sicotrópicos, setas y amanitas…, y sus ‘colocones). En esta ‘melée’ social hay quien se vanagloriaba de ser un experto en el nuevo producto ‘de la hostia’ de principios de los años ochenta: el haschís. Recuerdo que se llamaba Diego. Terminada la discoteca “Mickey Mouse” de Eibar, los que no queríamos irnos a nuestras casas terminábamos yendo a una sociedad particular, ‘El Submarino’ -estaba en un bajo de la Torre Unzaga- donde uno podía comer algo y seguir bebiendo. Diego nos llevaba cinco años de diferencia. Esto le hacía creerse superior al resto de los presentes. Su reloj en la muñeca derecha y el yo en su boca, le delataban. Uno del grupo, Loren Bascaran, optó por preparar un ‘porro’ con tabaco rubio y un dado de sabor para sopas, no sé si era “Gallina Blanca”, “Knor” o “Starlux”. Lo que nunca se me olvidará es el olor de costilla de cerdo del ‘canuto’. Diego fue el primero en probar el innovador ‘hachís’. Recuerdo que después de dos caladas Diego se puso blanco y presto optó por tumbarse en un banco de la sociedad, a la vez que nos reprochaba… “Cabrones, el ‘chocolate’ éste no es de Ketama sino de Afganistán. Está de puta madre…”. Lo que se había olvidado Diego es que antes de las caladas se había metido no menos de veinte tragos, a lo largo de la noche. Esos tragos sí que eran ‘afganos’.
Pasados varios meses, miles de jóvenes en toda España acudieron en masa a la ‘meca’ del haschís: Ketama, cercana a la población marroquí de Fez, en la cordillera del Rif. La ‘bajada al moro’ se pagaba después con el ‘trapicheo’ de varios gramos de haschís, introducidos en el cuerpo, a través de varios condones y mucha vaselina o lidocaína. Las cifras fueron creciendo de tal manera que nos plantearon en varios medios de comunicación, que fuéramos hasta Ketama y realizáramos un reportaje. Datos estadísticos que ya no recuerdo muy bien -creo que los detenidos se acercaban a los 5.000 en apenas un año-, facilitados por la propia Guardia Civil, complementaron el artículo. Treinta años después, a uno le da la sensación que el tiempo se ha paralizado. Los nuevos protagonistas parecen los mismos a lo que entrevistamos a principios de los ochenta del pasado siglo. Sus respuestas, calcadas también. Son las nuevas generaciones de los miles de campesinos que desde siglos atrás se dedican al cultivo del haschís.
Los jóvenes ‘agricultores’ tachan de “locos” a las organizaciones no gubernamentales que les insisten machaconamente en introducir productos agrícolas alternativos como el azafrán, la hierbaluisa, la lavanda o las rosas para elaborar jabones, aceites u otros productos cosméticos, en las más de cien mil hectáreas ‘oficiales’ dedicadas al cannabis… “Cuando vienen por aquí -nos relataba el recepcionista del único hotel existente en Ketama para occidentales y cultivador también fuera de horas, como todo el mundo aquí- se ponen ciegos de haschís y de pasteles de ‘chocolate al cuadrado’ que les sirven en los ‘caseríos’. Les llamamos así a los pasteles pues llevan cacao normal y haschís. Sabemos que al haschís ustedes le llaman también chocolate. Cuando están animados se olvidan de los productos alternativos. España y Europa están ‘locos’ con nuestro haschís. Es un mercado que está cercano. No nos queda más remedio que vender la mayor parte de la producción a los contrabandistas. Muchos de ellos son gente amiga de miembros del Gobierno y de la Policía. Es por eso que nadie dice nada. Aplican el dicho liberal de ‘laissez faire’. Lo importante es que no haya enfrentamientos y broncas. Mientras haya tranquilidad todo el mundo vive de la historia que lleva décadas…”. Hassan, al igual que hace con otros clientes alojados en el hotel, nos invita a su ‘caserío’ para enseñarnos sus cuartos llenos de ‘cannabis’ secándose y nos enseña el proceso que lleva el conseguir el haschís. De paso, como así ocurrió, nos insistirá a que le compremos varios condones con bolas de droga, con sus respectivas dosis de vaselina o lidocaína. Le adelantamos de nuestro nulo interés, pero sí de conseguir información y de picar algo en su casa, con la correspondiente posterior factura ‘oficial’. El periódico asume los gastos.
La entrevista se inicia en una sala inmensa llena de kilims (alfombras) y almohadones donde la baja altura de los ‘asientos’ de piel curtida en la Medina de la cercana Fez, le obligan a uno a intentar sentarse en cuclillas o sencillamente tumbarse. En una de las mesas nos topamos con un libro, que no podía ser más oportuno para la ocasión, “Paraísos artificiales” del escritor francés Charles Pierre Baudelaire. Lo mejor del inicio del encuentro, el té a la menta y las pastas de almendra y miel, como los ‘cornes de gazelle’. La tertulia se alarga. El tiempo desaparece. Nos quedamos a cenar. Una harira (sopa de legumbres) y un mechui (cordero asado debajo de la tierra), completan el menú. Nos sirven sus hijas. Su esposa es la magnífica cocinera. Madre e hijas no se sientan con nosotros. Nos ‘espían’ desde su ‘territorio’ que es la cocina. Nos despedimos de ellas. Antes nos bebemos de golpe una interminable Coca Cola de vidrio verde. Los eructos son bienvenidos. Es una forma de demostrar nuestra satisfacción con el ágape improvisado. La sonrisa de los amables bereberes es una constante durante nuestra estancia en tierras del antiguo Protectorado Español. Muchos de nuestros confidentes dominan el francés, el bereber, el árabe y también, el castellano. “En la Guerra de 1923 muchos soldados de España se enamoraron y crearon su familia aquí y no llegaron a regresar a su país… Algunos viajaron a arreglar sus papeles, pero volvieron al Rif. Casi todos tenemos antepasados españoles. En muchas casas que afloran como setas en estos montes hablamos el bereber y el español como lenguas maternas…”.
El uso del hachís, habitual en el Medio Oriente, se propagó a Europa en el siglo XVIII. La palabra ‘hashís’ o hachís, que es la palabra ya castellanizada, proviene de los ‘hassassins’, miembros de una secta famosa por sus asesinatos y vinculada al uso de este psicofármaco. Al hachís también se le llama ‘hash’ en México, aunque es poco común encontrarlo. En España en cambio es de lo más común, mucho más que la marihuana seca y se le llama ‘chocolate’,’china’ o ‘polen’. Un cigarro elaborado con tabaco y hachís es un ‘porro’ o ‘canuto’. Y la persona que lo ha consumido, está ‘colocado’ o ‘emporrado’.
El hachís es una pasta hecha con la resina prensada que segrega la parte florida del cáñamo hembra, (los llamados cogollos). Dicha resina tiene un color café intenso y generalmente se presenta comprimida en forma de pequeños bloques. Se elabora extrayendo la resina de la marihuana seca con ayuda de un cedazo. La marihuana se agita dentro de un tamiz hasta que la resina atraviese los agujeros de la malla toda vez separada de la materia vegetal. Esta resina se prensa para formar una bola o una tableta de hachís. Este contiene proporciones mucho más considerable de canabinoles que la marihuana. El hachís puede cortarse con goma arábiga, henna, leche condensada, clara de huevo, restos de plantas, cenizas, cera, parafina, aceites y sustancias similares. Para detectar la adulteración puede hacerse uso de una boquilla indicada para reducir la nicotina y alquitranes del tabaco. Cuando el hachís está adulterado basta una fumada para obstruir por completo el filtro de la boquilla.
En sus “Paraísos artificiales”, el poeta maldito parisino Charles Pierre Baudelaire, llamado así debido a su vida bohemia y excesos, describe sus experiencias personales con el haschís… “Primero se apodera de vosotros una cierta hilaridad absurda e irresistible. Las palabras más vulgares, las ideas más simples cobran una fisonomía extraña y nueva… A veces, ciertas personas totalmente ineptas para los juegos de palabras improvisan series interminables de tales juegos, de combinaciones de ideas absolutamente improbables, que desconcertarían a los maestros más duchos de este arte absurdo… La segunda fase se anuncia por una sensación de frescor en las extremidades y una gran debilidad… Los sentidos adquieren una finura y una agudeza extraordinarias. Los ojos descubren el infinito. El oído percibe los sonidos más tenues e medio de los más agudos ruidos. Comienzan las alucinaciones.
Los objetos exteriores cobran apariencias monstruosas Se os revelan bajo formas desconocidas hasta entonces. Luego se deforman, se transforman y finalmente entran en vuestro ser o vosotros entráis en ellos. Se dan los equívocos más singulares, las transposiciones de ideas más inexplicables. Los sonidos tienen color, los colores tienen música. Las notas musicales son números y resolvéis con vertiginosa rapidez prodigiosos cálculos aritméticos a medida que la música se desarrolla en vuestro oído. Estáis sentados y fumáis; pero os creéis sentados en vuestra pipa y que es a vosotros a quien la pipa fuma; sois vosotros los que os exhaláis en forma de nubes azuladas… Las proporciones del tiempo y del ser se hallan descompuestas por la innumerable multitud y la intensidad de las sensaciones y de las ideas. En el espacio de una hora se viven varias vidas de hombre… De vez en cuando la personalidad desaparece. La objetividad… llega a ser tan fuerte que os confundís con los seres exteriores… La tercera fase… es algo indescriptible. Se trata de lo que los orientales llaman kief, la felicidad absoluta. Ya no es algo turbulento y tumultuoso. Es una beatitud tranquila e inmóvil. Todos los problemas filosóficos están resueltos. Todas las cuestiones arduas con las que luchan los teólogos y que desesperan a la humanidad razonante son ahora límpidas y claras. Toda contradicción se ha convertido en unidad. El hombre recibe un ascenso y se hace Dios…”.
Si decide darse una vuelta por Fez, el viaje de esta ciudad hasta Ketama en un autobús de línea, un viejo, destartalado y casi fundido “Mercedes”, le permite adentrarse en el Marruecos profundo y ver unos paisajes apasionantes: valles semidesérticos que se convierten, en cuestión de minutos de lenta marcha, en interminables bosques, con mil y un verdes, con árboles más propios de otros lares mucho más septentrionales, y donde los pájaros no paran de cantar. Hace más de treinta años eso me llamó la atención. Los trinos no pueden disimular cierta dosis de “kief”, la felicidad absoluta, a la que hacía referencia el maldito Baudelaire. “Marruecos es el Campeón de Fútbol del Mundo Árabe”. “Le Maroc est le champion du monde arabe de football”…En Ketama, hoy, también, los pájaros no paran de cantar.
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