“Cuando China despierte, el mundo temblará”

Nadie desde Mao Zedong, fallecido en 1976, ha acumulado tanto poder personal como Xi Jinping desde su llegada a la máxima magistratura en 2012.

EL BESTIAIRIO

POR SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

La mente occidental, articulada sobre una línea infinita de causas y efectos, es incapaz de vencer la Muralla China. Una y otra vez nos plantamos ante el gran enigma: ¿qué pasará con este gigante amarillo? Como millones de europeos, hice mi primer intento en 1974. Ese año se publicó en España ‘Cuando China despierte’, un reportaje-ensayo del político y escritor francés Alain Peyrefitte. ‘Cuando China despierte’ fue un fenómeno editorial en toda Europa. Releerlo hoy causa una inquietud profunda. Alain Peyrefitte (1925-1999), varias veces ministro y parlamentario durante 41 años, fue invitado a pasar en Pekín el verano de 1972. Conviene hacer memoria para entender el país que encontró. En 1966, tras el fracaso del Gran Salto Adelante (un plan más o menos descabellado para duplicar la producción de acero y alimentos), Mao lanzó la Revolución Cultural. Millones de guardias rojos desataron un terror sin precedentes contra la “burguesía liberal”: cualquiera con estudios, con una profesión, con aspecto urbano o con un vecino rencoroso fue denunciado y enviado al campo, la mina o la fábrica para disfrutar de una fase reeducativa de duración indeterminada. La iniciativa, lanzada con un simple cartel anónimo atribuido a Mao, supuso una orgía de tortura y represión, un momento particularmente siniestro del siglo más siniestro.

Mao, en cualquier caso, recuperó un poder absoluto que empezaba a escapársele tras sucesivos fiascos económicos. Su principal rival, el “contrarrevolucionario” Lin Piao, murió en 1971 en un sospechoso accidente aéreo cuando escapaba con su familia hacia la Unión Soviética. En 1972, China empezaba a emerger del caos. Peyrefitte hizo un trabajo periodístico honesto. Habló con centenares de personas, reflejó lo que había escuchado e hizo notar su propio escepticismo: no parecía demasiado normal que los profesores y funcionarios se mostraran encantados por su reciente “reeducación”. No pudo evitar, sin embargo, caer en la trampa de la lógica europea. Supuso que todo aquello había tenido algún sentido, que Mao seguía un plan maestro y que de la Revolución Cultural surgía, por fuerza, un hombre nuevo, un perfecto socialista, despegado del egoísmo y del consumismo. No podía ser, según su lógica, que tanta destrucción, que el sacrificio de una generación entera, no hubiera servido para nada.

Sabemos ya en qué quedó el mito del perfecto socialista. Pero aún no sabemos si la Revolución Cultural sirvió para algo, más allá de la resolución de una intriga de partido. Según algunas interpretaciones paradójicas, el furor popular desencadenado por la Revolución Cultural y fomentado desde el poder inauguró en China algo hasta entonces desconocido: el espíritu de rebelión contra el poder. En ese sentido, la revuelta estudiantil de Tiananmen, en 1989, sería una primera señal de que la Revolución Cultural alteró una pasividad milenaria. Otras interpretaciones sugieren lo contrario: que aquella “revolución” de 1966 demostró una vez más la capacidad ilimitada de las autoridades chinas para utilizar, manipular y reprimir a la población, y que Tiananmen fue un epifenómeno vano. 

Peyrefitte, estupefacto, recurrió para titular su libro a un aforismo atribuido a Napoleón: “Cuando China despierte, el mundo temblará”. Lenin también lo dijo. Es una forma elegante de expresar una triple idea: que algo pasará con China, que ignoramos qué pasará y que el asunto es preocupante. ¿Ha despertado ya China? Económicamente, no hay duda. El resto del misterio permanece. ¿Habrá un despertar social? ¿Será inmune China a futuras convulsiones? El mundo, por ahora, no tiembla. Se limita a poner su dinero en el negocio del gigantesco desarrollo chino y a observar, con la habitual estupefacción, la voracidad con que China absorbe los recursos naturales del planeta. Como Peyrefitte, suponemos que todo esto sigue un plan. Que el colapso es, por inconcebible, imposible.

El XX Congreso del Partido Comunista de China ha confirmado todos los presagios respecto a la desaparición de los mecanismos aperturistas impuestos por Deng Xiaoping hace más de 30 años para evitar la concentración de poder y el culto a la personalidad instalados por el fundador de la república popular, Mao Zedong. La elección por tercera vez de Xi Jinping, de 69 años, como líder supremo de la nación comunista es la patente señal de una presidencia sin límites temporales, potencialmente vitalicia, con la mayor concentración de poder de la historia china en tres décadas. También la elección de los siete miembros del Comité Permanente del Comité Central, el máximo organismo ejecutivo que dirige el país, todos ellos hombres fieles y obedientes partidarios de Xi Jinping, rubrica la desaparición de la dirección colectiva y la eliminación del equilibrio entre corrientes ideológicas y de un cierto pluralismo interno que había animado los liderazgos de sus antecesores, Jiang Zemin y Hu Jintao, durante más de dos décadas. Y borra cualquier presencia de mujeres en los órganos directivos.

Las imágenes del desalojo del anterior jefe del Estado, Hu Jintao, de 79 años, antes de que empezara la sesión de clausura —con independencia de que se debieran a la salud frágil del anciano o fueran una exhibición ejemplarizante de una purga política— constituyen la escenificación de la ruptura con los aires aperturistas que habían caracterizado al régimen chino hasta el ascenso de Xi. En el mundo de extrema opacidad y secretismo de la política oficial china, la ausencia sin explicaciones de Jiang Zemin, de 96 años, y la humillante salida de Hu Jintao, ambos miembros del presídium del Congreso, solo cabe interpretarse como la confirmación práctica de las acerbas críticas a la línea política anterior expresadas en el discurso de clausura por Xi Jinping. También el hasta ahora número dos y todavía primer ministro, Li Keqiang, de 67 años, ha caído en desgracia y ni siquiera ha entrado en el Comité Central. Quien está preparado para sustituirle como primer ministro es el actual jefe del partido en Shanghái, Li Qiang, de 63 años, convertido en el número dos del Comité Permanente, promoción que tiene que ver con la dureza del confinamiento total aplicado en su ciudad como parte de la política de ‘Covid cero’. El vice primer ministro Hu Chunhua, con 59 años y perteneciente a la quinta generación, que debía relevar a la cuarta de Xi, ha quedado fuera del Comité Permanente y del Politburó, a pesar de que había sido un firme candidato a la máxima magistratura comunista cuando aún no se habían anulado los mecanismos sucesorios del pasado.

Xi Jinping culmina en este XX Congreso el ascenso autoritario que inició hace 10 años para perpetuarse en el poder sin regla de sucesión conocida, como suele ocurrir en las más férreas dictaduras. Xi Jinping, la sucesión es el sistema. No cabe imaginar que los reyes absolutos y los emperadores se sometan a ideas peregrinas como la dirección colegiada, la limitación de mandatos, el relevo generacional o la edad de jubilación. La clave no es quién manda, sino cómo y quién sucede a quien manda. Los fundamentos de cualquier régimen se manifiestan en el momento de la sucesión, cuando hay que sustituir por muerte, enfermedad o renuncia a quien detenta el poder supremo. Donde el poder está dividido y repartido, caso de las democracias, son las urnas las que determinan quién va a mandar a continuación y durante cuánto tiempo. El poder absoluto, en cambio, lleva a la mayor indeterminación, e incluso al caos y a la guerra civil…

El dirigente chino está construyendo un orden internacional alternativo que, utilizando la dialéctica del nacionalismo marxista, predispone a un conflicto con quienes se opongan a él. En 2011, durante un debate sobre el papel de China en el siglo XXI organizado por el foro Munk y que reunía a Henry Kissinger y el historiador británico Niall Ferguson, el primero afirmó: “En la próxima década veremos como China pondrá sus instituciones políticas en consonancia con su desarrollo económico, y el resultado será más transparencia y participación”. Dijo también que estará tan ocupada en los cambios internos que “no tendrá tiempo para concentrarse en dominar el mundo”. La réplica de Ferguson fue premonitoria: “Precisamente cuando las naciones están luchando con problemas políticos internos, es cuando más probabilidades tienen de aplicar una política exterior más agresiva y asertiva. La asertividad es una forma de comportamiento caracterizada por una declaración firme o la afirmación de una declaración sin necesidad de prueba.

Xi es coronado como el líder chino con más poder desde Mao, con vistas a continuar al menos hasta 2032. El secretario general, reelegido para un tercer mandato sin precedentes, pulveriza a las facciones rivales al colocar en la cúpula del mando a seis hombres de su confianza. Jinping es presidente de China sin fecha de salida. Con la resaca del desalojo el sábado 22 de octubre del expresidente chino Hu Jintao aun zumbando en la cabeza, nada podía salirse del guion escrito para este pasado domingo y para entrar en los libros de historia: Xi Jinping se ha asegurado el control absoluto en la cúpula del Partido Comunista de China, convirtiéndose en el líder más poderoso desde la era de Mao Zedong. “He sido reelegido como nuevo secretario general”, ha anunciado él mismo. Xi, de 69 años, embrida un tercer mandato sin precedentes y logra colocar en el Comité Permanente, el máximo órgano de poder, a otros seis “camaradas”, todos hombres y todos de su plena confianza. “Os son bastante familiares”, ha asegurado Xi sobre ellos en la tradicional comparecencia de la nueva cúpula ante los medios chinos y extranjeros.

El nuevo equipo de Xi supone una configuración a su medida, en la que el presidente queda despojado del corsé de otras facciones del partido, dinamitando el sistema de equilibrios y contrapesos que se había respetado en las transiciones de las últimas décadas. Tampoco señala a ningún sucesor, lo que abre la puerta a que revalide su cargo al menos un cuarto mandato, hasta 2032. Y posiblemente más allá. Los siete han irrumpido en el salón dorado del Gran Salón del Pueblo, en la plaza de Tiananmén, a través de una enorme puerta con motivos de oro, han subido lentamente al estrado, con Xi en cabeza, y se han alineado respetando un estricto orden jerárquico en torno al líder: Li Qiang, Zhao Leji, Wang Huning, Cai Qi, Ding Xuexiang y Li Xi. Los seis elegidos para acompañar a Xi en lo alto de la mastodóntica pirámide del poder chino han posado inmóviles como soldados mientras el nuevo secretario general los presentaba uno a uno.

La rigurosa disposición en la que ha comparecido el nuevo Comité Permanente en una ceremonia en la que nada queda al azar es relevante: permite saber de manera aproximada la composición de las instituciones claves de China. El número uno —Xi— será con toda probabilidad el próximo jefe del Estado; el número dos, en esta ocasión Li Qiang, suele ocupar el cargo de primer ministro; el tres, suele estar al frente de la Asamblea Nacional Popular. Pero estos puestos no son oficialmente nombrados hasta marzo, cuando se reúne la Asamblea y se completa la transición política. La recomposición de la cúpula “muestra que el presidente Xi realmente dirige el espectáculo para consolidar su poder y control”, explica por correo electrónico la doctora Yu Jie, investigadora principal sobre China de Chatham House, un instituto con sede en Londres. “Todos”, añade, “han tenido una experiencia de trabajo considerable con el presidente Xi en el pasado y están estrechamente alineados con él. Comprenderán y garantizarán la entrega de lo que Xi denominó modernización a la manera china”. Algunos de los nuevos, añade, han dirigido “motores económicos” del país, como Li Qiang en Shanghái y Li Xi en Guangdong: “Deben saber que mantener el dinamismo económico es esencial para la legitimidad del partido”.

Solo permanecen tres de los siete miembros del anterior Comité Permanente. Además de Xi, continúan el número tres, Zhao Leji, con sobradas credenciales de fidelidad al frente de la división anticorrupción interna, y el cuatro, Wang Huning, uno de los ideólogos más reputados del partido. Su mano se encuentra detrás de algunos de los eslóganes y líneas de pensamiento clave de Xi, como el “sueño chino”, aunque también ha ayudado a perfilar algunas de las ideas clave de sus antecesores, los expresidentes Hu Jintao y Jiang Zemin. Wang estudió una temporada en Estados Unidos, lo que le movió a escribir en 1991 un libro titulado “América contra América”, que ha resultado profético para muchos en China: volvieron a leer sus páginas con una nueva mirada tras el asalto al Capitolio y el jaque a la democracia en Washington de principios de 2021. Cai Qi, el nuevo número cinco, es uno de los “confidentes más estrechos” del presidente, según una biografía del instituto de pensamiento Brookings: Xi le ha ido colocando en los últimos años en algunos de los puestos más relevantes del país: en estos momentos era el secretario del partido en Pekín.

Ding Xuexiang, el número seis, es secretario personal de Xi y actualmente dirige la poderosa oficina general del Comité Central. Su segundo en este organismo fue uno de los dos hombres que ayudaron a desalojar este sábado al expresidente Hu del cónclave, según permite ver la ampliación de una de las fotografías de la agencia AP difundida por uno de sus fotoperiodistas afincados en Pekín. Ding, con 60 años, es el más joven de un Comité Permanente cuya edad media supera los 65. Li Xi, el número siete, actualmente jefe del partido en Guangdong, está vinculado al presidente desde los años ochenta, cuando trabajaba como secretario para un aliado del padre de Xi —que también fue un destacado revolucionario y dirigente comunista—. El Comité Permanente es el vértice de poder de un partido que en China es más importante que el propio Estado. Técnicamente, emerge del Comité Central, el tercer escalón de la pirámide de poder, cuyos 205 miembros fueron elegidos en la jornada anterior, durante la clausura del 20º Congreso del Partido Comunista; estos 205, a su vez, han elegido este domingo, tras su primera sesión plenaria, a los 24 nuevos miembros del Politburó (el segundo escalafón) y, estos, a los siete del Comité Permanente, el vértice superior de la maquinaria del partido, en cuya cumbre se encuentra Xi. En el nuevo Politburó, por primera vez en 25 años, no ha salido elegida ninguna mujer. En el anterior solo hubo una.

Entre los 24 elegidos del Politburó hay además una ausencia notable muy relacionada con la silla vacía de Hu Jintao de la víspera. En muchas de las quinielas solía a figurar entre los siete elegidos Hu Cunhua, actual vice primer ministro, protegido del expresidente Hu y heredero del denguismo (corriente encabezada por Deng Xiaoping), un político que en otro tiempo incluso fue considerado firme candidato al liderar el partido. Su nombramiento en el Comité Permanente (los siete de la cúpula) habría marcado cierto pacto entre facciones del partido. Aspiraba incluso a premier, pero ni siquiera ha entrado en la lista de los 24 del Politburó.

En su discurso de este domingo, Xi se ha referido a “la primera década de la nueva era”, esto es, su mandato, en el que se ha construido un partido “más fuerte y más dinámico”. Ha llamado a seguir desarrollando el “socialismo con características chinas para una nueva era”, su propio pensamiento. Ha reiterado la aspiración, para mediados de siglo, de que China se convierta en “un país socialista moderno”, lo que supondría culminar el “sueño chino” y el “gran rejuvenecimiento” de la nación, dos conceptos clave de su decenio. También ha hablado de economía. En un año en que las instituciones internacionales reducen el crecimiento del país incluso por debajo del 3%, la economía china, ha asegurado, “tiene una gran resistencia”. Y ha alabado la etapa de “apertura y reforma” iniciada por Deng. “Así como China no puede desarrollarse aislada del mundo, el mundo necesita a China para su desarrollo”, ha concluido: “China abrirá sus puertas cada vez más”.

El Departamento de Justicia estadounidense ha anunciado este lunes, 24 de octubre, la presentación de cargos contra trece ciudadanos chinos, acusados en tres casos distintos de tratar de ejercer “influencia indebida” en EE UU en favor de su país. Entre ellos se encuentran dos personas, He Dong y Wang Zheng, que trataron de sobornar a un ciudadano estadounidense para obtener información sobre el caso judicial abierto en Nueva York contra el gigante tecnológico chino Huawei. Otro de los dos casos restantes afecta a siete ciudadanos chinos que, según ha denunciado el Departamento de Justicia en una rueda de prensa, intentaron repatriar por la fuerza a China a un compatriota refugiado en Estados Unidos y a su familia. Según los datos del Departamento, los acusados, de los que dos han sido detenidos, hostigaron y amenazaron reiteradamente a una persona determinada, huida de China y refugiada en suelo estadounidense, y a su hijo para que firmaran una confesión forzosa, regresaran a su país y se entregaran a las autoridades antes del XX Congreso del Partido Comunista de China, concluido este sábado y en el que el presidente Xi Jinping ha quedado nombrado para un tercer mandato.Este incidente forma parte de un proyecto de las autoridades chinas -ampliamente denunciado por organizaciones defensoras de los derechos humanos- para capturar a fugitivos de su justicia y a disidentes en el exterior, denominado “Operación Caza del Zorro”.

El tercer caso implica a cuatro personas, entre ellos tres funcionarios del Ministerio de Seguridad del Estado -responsable de los servicios secretos chinos-, que intentaron captar a residentes estadounidenses para que “actuaran” -eufemismo para referirse a tareas de espionaje- en beneficio de China. Según los datos desvelados este lunes, He y Wang pagaron 41.000 dólares en bitcoin a un funcionario estadounidense para que robara documentación relacionada con la investigación en torno a una “compañía global de telecomunicaciones acusada en un caso judicial abierto”. Justicia no revela el nombre de la empresa, pero los datos coinciden con los de Huawei, el gigante tecnológico con sede en Shenzhen.

Los dos sospechosos chinos creían que habían reclutado al funcionario para su causa desde 2019. En realidad, se trataba de un agente doble que trabajaba para el FBI. En septiembre de 2021, He y Wang le pidieron información sobre las reuniones que este agente decía mantener con la oficina del fiscal del distrito Este de Nueva York. En particular, querían saber qué empleados de la compañía habían sido interrogados por los fiscales. También les interesaba lo que tuviera que ver con la estrategia de los fiscales para el juicio, las pruebas que la fiscalía hubiera conseguido y la lista de testigos. En octubre de 2021, el supuesto funcionario corrupto envió a Wang y He una página de un supuesto documento clasificado como “secreto” en el que se mencionaba la intención de presentar cargos y detener a dos personas residentes en China. He respondió que eso era “exactamente lo que estaba buscando”. Un mes después, tras haber pagado los bitcoins, le contó al agente (identificado en los documentos de Justicia como ‘GE-1’) que la compañía “no me ha comentado nada específicamente, pero es muy obvio que están muy interesados” en obtener más páginas del supuesto documento.

Los dos ciudadanos chinos han quedado acusados de intentar injerir en un caso judicial y de blanquear dinero. He encara hasta cuarenta años de prisión, mientras que Wang podría recibir una condena por un máximo de veinte años, de ser encontrados culpables. “El Departamento de Justicia no tolerará intentos por parte de ninguna potencia extranjera para socavar el Estado de Derecho sobre el que se basa nuestra democracia”, ha asegurado el fiscal general estadounidense (equivalente a ministro de Justicia), Merrick Garland. Los fiscales neoyorquinos presentaron cargos contra Huawei en 2018 por mentir supuestamente a diversos bancos sobre sus negocios en Irán, sujetos a sanciones estadounidenses. Como parte de ese caso fue detenida en Canadá la directora financiera del gigante tecnológico e hija del fundador de la compañía Ren Zhengfei, Meng Wanzhou, finalmente devuelta a China a comienzos de este año. En 2020 se añadieron otros cargos al pliego, incluida la conspiración para robar secretos industriales a seis empresas tecnológicas estadounidenses y la ayuda a Irán a localizar a manifestantes durante protestas antigubernamentales en 2009. Huawei siempre ha rechazado todos los cargos y considera que es víctima de intentos de Estados Unidos de limitar la competencia de las tecnológicas chinas contra sus empresas.

Es abril de 2001. Lin Din, secretario general de una organización clave de intercambio cultural chino, ofrece una charla ante una selecta audiencia reunida en el National Press Club de Washington, uno de los principales centros de conferencias de Estados Unidos. Chas Freeman, un diplomático experto en el gigante asiático, lo presenta. Aunque Lin, una figura bien conocida entre la élite estadounidense en aquel momento, no necesitaba teloneros: en Pekín ya se había reunido con docenas de funcionarios, académicos y diplomáticos a los que había recibido con una calurosa bienvenida. “China está profundizando en sus reformas para construir una nación más abierta, próspera, democrática y modernizada”, dijo Lin. Y expresó después su “más sincera esperanza” de que en aquel siglo que apenas estaba comenzando, China y Estados Unidos trabajasen “juntos para construir una relación sana y estable por la noble causa de la paz mundial y el progreso de la civilización humana”, clamó literalmente. Todo era mentira.

Lin era, en realidad, un espía, el “jefe de la Oficina de Investigación Social de la principal agencia de Inteligencia de China, el Ministerio de Seguridad del Estado (MSS, en su sigla en inglés)”, según concluye Alan Joske, experto del Instituto Australiano de Política Estratégica, en una investigación que ha plasmado en el libro “Spies and lies: how China’s greatest operations fooled the world” (Espías y mentiras: cómo las mayores operaciones de China engañaron al mundo, Hardie Grant Books, 2022). “En ese momento, su oficina era la principal unidad de operaciones en Estados Unidos dentro del MSS, y él personalmente supervisó una extensa red de activos clandestinos en todo el país”, cuenta Joske. El miércoles, 26 de octubre, cuatro días antes de que comenzase el domingo el XX Congreso del Partido Comunista Chino, Joske presentó su estudio en un acto organizado por el laboratorio de ideas estadounidense CSIS (Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales), retransmitido por internet. Entre los contactos de Lin figuraba, junto a investigadores y diplomáticos, “una empleada del FBI que lo consideraba su principal fuente sobre China”.

El caso de Lin ejemplifica, según Joske, el modus operandi del espionaje de Pekín: el Ministerio de Seguridad del Estado del gigante asiático ha utilizado agentes dobles para influir en políticos, diplomáticos, funcionarios, académicos, organizaciones e incluso figuras religiosas con el objetivo de moldear la percepción que tienen de China las potencias extranjeras; esto es, un país que se esfuerza en caminar hacia los valores democráticos. Sin embargo, la realidad, afirma el experto, es que se ha dirigido hacia un mayor “autoritarismo”, una tendencia que se ha acentuado durante la era de Xi Jinping. El fin último de Pekín es, analiza este experto, “influir” en sus políticas internacionales y desorientarlas sobre la política china. Joske, investigador australiano de origen chino, ha llegado a esta conclusión tras estudiar centenares de documentos, artículos, registros comerciales y libros publicados por el propio Ministerio de Seguridad del Estado. Pero también, después de rastrear grupos de influencia china, establecidos mayoritariamente durante los años ochenta, e integrados por funcionarios encubiertos, como la organización de intercambio cultural que dirigía el espía Lin Din en Estados Unidos. La magnitud de este espionaje es descomunal. Según sus cálculos, el número de funcionarios de inteligencia profesionales que trabajan para el Partido Comunista Chino, incluidas todas sus extensiones provinciales y municipales, “supera con creces los 100.000 empleados”.

El Ministerio de Seguridad del Estado de China buscaba, según Joske, reclutas con un método basado “en el largo plazo”. “Entrevisté a un académico que había sido objetivo de los servicios de inteligencia chinos en tres ocasiones, y el Ministerio de Seguridad del Estado fue el más paciente y cauteloso”, explica el experto. Otras agencias intentaron engañarlo o sobornarlo, pero el MSS, según el investigador, “se centró en tratar de construir una relación con el académico de confianza mutua, de conveniencia, de beneficio; le ayudarían a tener acceso a personas del Gobierno chino, a personas a las que podría querer entrevistar”. “Es una forma de convertirlo en un activo de inteligencia extranjero, pero sin obligarlo”, considera. Y aunque todos los países intentan controlar cómo son percibidos tanto por sus aliados como por sus rivales, Joske llega a la conclusión de que la política de China “involucra algún aspecto de interferencia y no solo de influencia”. “Todas las operaciones de las que hablo en el libro implican algún tipo de actividad encubierta: hay personas que se presentan como periodistas o como funcionarios de intercambio cultural, pero son realmente agentes de inteligencia”, relata el investigador. Estos espías “intentan sobornar y engañar”. Al académico al que entrevistó Joske “le llevaron a un salón de masajes, le ofrecieron dinero y le pidieron que llevara una información a Estados Unidos”. “Eso no es diplomacia porque socava e interfiere en el normal funcionamiento de la política”, estima el experto australiano.

Hay ejemplos muy recientes. El Departamento de Justicia de Estados Unidos denunció este año a un espía de Pekín por intentar difamar a un activista chino que se había postulado al Congreso por el Estado de Nueva York —no fue identificado, aunque su perfil encaja con el defensor de derechos humanos de origen chino Yan Xiong—. “[El MSS] envió un equipo para vigilarlo, luego tratarían de acceder a sus registros fiscales y lo acusarían de fraude; más tarde intentarían engañarlo y enviar a prostitutas para que lo persiguieran”, describe Joske. Pero, ¿por qué los gobiernos no han reconocido antes la naturaleza de las operaciones de influencia China?, se pregunta Joske, una pregunta a la que trata de responder en su libro. Según considera, las agencias de inteligencia occidentales han estado centradas durante décadas en otros asuntos. En la Guerra Fría, Rusia fue el foco fundamental de los esfuerzos. “Más tarde, lo que realmente importaba era el contraterrorismo”, continúa Joske, que cree que no hubo “voluntad política” para investigar si China “era un problema real”. “Estaba creciendo pacíficamente a los ojos de muchas personas, iba a convertirse potencialmente en una democracia y estaba abriendo su economía”, relata el investigador, que asegura que “las operaciones de inteligencia en las comunidades chinas de otros países fueron muy profundas y extensas; dañaron los derechos y libertades de estas personas”.

Pocas noticias cabe esperar del congreso quinquenal del mayor partido del mundo, el comunista chino, con 96 millones de afiliados, que reúne a sus más de 2.000 delegados durante una semana en Pekín. Las decisiones ya se han tomado antes de que los delegados las aprueben con unanimidad oceánica. Se conoce perfectamente la de mayor trascendencia, como es el nombramiento de Xi Jinping por tercera vez como secretario general, eliminando así en la práctica la regla de limitación de mandatos vigente hasta 2018. Nadie desde Mao Zedong, fallecido en 1976, ha acumulado tanto poder personal como Xi desde su llegada a la máxima magistratura en 2012. Ahora, con su tercera reelección, y desaparecida la dirección colegiada, se abre el camino casi inevitable del plenamente autocrático liderazgo vitalicio. El Congreso inscribirá su aportación ideológica en la expresión pensamiento-Xi Jinping, a la misma altura que el pensamiento-Mao Zedong o maoísmo, con el correspondiente culto a la personalidad a imitación del fundador de la República Popular, situándose así por encima de sus antecesores, incluido Deng Xiaoping, el líder reformista que introdujo la economía de mercado.

Xi ha ido acentuando durante 10 años todos los aspectos más autoritarios del poder que detenta el Partido Comunista, de forma que solo cabe esperar el continuismo o incluso la intensificación de los esfuerzos de control social mediante las tecnologías digitales, la represión de la disidencia y las minorías y el despliegue de una intensa e incluso expansiva política exterior. Se ha desvanecido la idea, concebida para la devolución de Hong Kong y con vistas a una futura reunificación con Taiwán, de que podían convivir dos sistemas políticos dentro de un mismo país. La excolonia británica ha perdido sus libertades públicas y ha visto degradadas sus instituciones hasta convertirse en una provincia más, mientras que pende sobre Taiwán la amenaza de una anexión por la fuerza al estilo de la intentona de Putin en Ucrania.

Al modo del maoísmo y de su “Libro rojo”, el xiismo también utiliza eslóganes de solemne retórica, como la propuesta de “sueño chino”, concebido como alternativa al “sueño americano”, que se concreta en la idea de un “gran rejuvenecimiento de la nación china”, una forma encriptada de propuesta nacionalista de recuperar el pasado imperial, ahora como superpotencia hegemónica en Asia y capaz de medirse con Estados Unidos en el plano mundial. De puertas hacia dentro, significa la colonización de Tíbet y de Xinjiang, acompañadas de operaciones represivas y ambas prácticamente culminadas; y de puertas hacia fuera, la anexión de Taiwán como final de la guerra civil diferida 70 años, la destrucción del molesto modelo democrático vecino y la apropiación de una pieza de enorme valor geopolítico para imponer su hegemonía en el mar de China. A pesar de tanta grandilocuencia celebratoria, Xi Jinping no llega en buenas condiciones para hacer el inevitable balance de su gestión. La política de ‘Covid cero’, concebida desde una visión totalitaria de la sociedad, y derivada de la baja calidad de sus vacunas y de la debilidad de su sistema sanitario, está provocando un enorme malestar social y dañando la economía, que solo crecerá un 3,2% este año, según el FMI, muy por debajo de las previsiones del Gobierno, y cuenta ya con un 20% de paro juvenil, inquietantes datos que se añaden a la explosión de la burbuja inmobiliaria. De momento, la ‘China xiísta’ que quiere liderar el planeta ya ha dejado de ser líder del crecimiento en Asia.

Muchos esperaban un gesto, un tímido guiño, un pequeño resquicio que anunciase el final de la estricta estrategia de ‘Covid cero’ en China. Pero habrá que seguir esperando. El presidente, Xi Jinping, ha defendido el enfoque en el que Pekín ha persistido para atajar el coronavirus desde el inicio de la pandemia, al respaldar de nuevo un modelo que ha ayudado “a prevenir la importación de casos y los repuntes de dentro del país, y perseverando sin vacilación en la supresión en tiempo real de los brotes”, según ha proclamado durante el discurso con el que ha marcado la apertura del XX Congreso del Partido Comunista. El mandatario ha asegurado que el país ha optado “por la primacía del pueblo y de la vida” y ha puesto la lucha contra el virus como un ejemplo de la práctica del “espíritu fundacional” de la militancia del Partido Comunista de China, frente a lo que ha denominado “la súbita aparición de la epidemia de Covid-19”.

“Hemos librado una guerra popular, una guerra general, una guerra de contención, para combatirla”, ha proseguido en el breve instante que le ha dedicado a la pandemia, “lo que nos ha permitido proteger al máximo la seguridad de la vida del pueblo y la salud, y conseguir frutos positivos importantes en cuanto a la coordinación de la prevención y control epidemiológicos y el desarrollo económico y social”. La cita era de especial relevancia porque durante la alocución, el secretario general del partido hace tradicionalmente una valoración de los últimos cinco años en la cúspide del poder, y se trazan las directrices políticas para el próximo quinquenio. Con la economía china tocada, se ha especulado en los últimos meses con una posible relajación de la política sanitaria. China es uno de los pocos países del planeta que persiste en una estricta estrategia de ‘Covid cero’, que implica testeos masivos y confinamientos totales o parciales de ciudades en el momento en que se detectan unos pocos casos, lo que ha causado un creciente descontento social por los encierros en megaurbes como Shanghái. La estrategia también ha ahondado la brecha con el resto del mundo, ya que obliga a observar cuarentenas de hasta 10 días para entrar en el país ―llegaron a ser de 21 días―, además de restricciones para obtener visados, con elevados precios de billetes y cancelaciones habituales de los trayectos.

Algunos analistas consideran probable que haya una relajación, pero no inmediata, sino progresiva en los próximos meses y sin abandonar el marco general de la estrategia de ‘Covid cero’. La idea sería ajustarla y adaptarla mejor a las condiciones locales y a las nuevas variantes del virus. Pero es poco probable que esto suceda antes de marzo, cuando se complete la transición del nuevo ciclo político, con la formación de un nuevo Gobierno. Las principales instituciones financieras han ido rebajando las perspectivas de crecimiento de China a lo largo de un año plagado de disrupciones provocadas por los confinamientos, cuyo momento más bajo lo marcó el cierre de la megaurbe de Shanghái durante más de dos meses en primavera. El Fondo Monetario Internacional cree que la segunda potencia económica crecerá un 3,2% en 2022, mientras el Banco Mundial lo rebaja al 2,8%, muy lejos del objetivo fijado por Pekín para este año, en el entorno del 5,5%. En ambos casos, los organismos con sede en Washington culpan a la incertidumbre provocada por la estricta estrategia de ‘Covid cero’ y a la crisis del sector inmobiliario que azota el país.

La Cámara de Comercio de la Unión Europea en China, que representa a 1.800 empresas establecidas en este país, ha alertado recientemente de “los riesgos del desacoplamiento” chino y ha criticado a Pekín por “sacrificar en el altar de la ideología” los beneficios económicos de la “apertura y reforma”. En un reciente informe advierte de una “pérdida de confianza empresarial” que está abriendo las puertas a que “otros mercados emergentes” llenen ese “vacío”.

Una vaca en el camino de Deng Xiaoping. A finales de 1989 -meses después de las protestas de la plaza Tiananmen, que desencadenaron la purga del entonces Secretario General del Partido Comunista Chino (PCCh), Zhao Ziyang, por simpatizar con los estudiantes-, circuló en Pekín un chiste político que sintetizaba los riesgos que jalonan el camino hacia el poder en el país asiático. Contaba que en una ocasión iba el líder chino Deng Xiaoping en un coche con otros dos altos dirigentes cuando encontraron que una vaca bloqueaba la carretera. Uno de los funcionarios amenazó al animal con declarar la ley marcial -como había hecho Deng durante las manifestaciones de Tiananmen-, pero este no se movió. El otro le advirtió que enviarían al Ejército, y la vaca se puso rápidamente de pie. Pero no fue hasta que Deng musitó en la oreja al bovino que lo iba a nombrar jefe del partido que el animal salió corriendo asustado. La broma debió de sonar dura a muchos en aquellos meses tristes, cuando el país estaba aún sacudido por los efectos de la matanza en la madrugada del 4 de junio, pero resumía lo que había ocurrido en el pasado y volvería a ocurrir en el futuro a algunos de quienes ambicionan el poder en este país de régimen de partido único y equilibrios delicados entre las distintas facciones.

La intervención del Ejército, ordenada por Deng para poner fin a la Primavera de Pekín, provocó entre varios cientos y miles de muertos, según las fuentes, con un Zhao Ziyang bajo arresto domiciliario tras haber sido acusado por el entonces primer ministro y gran enemigo político, Li Peng, y otros miembros del ala dura de apoyar las revueltas y dividir el partido. Las puertas giratorias del PCCh han vuelto a expulsar a otro de sus altos dirigentes, Bo Xilai, exsecretario del partido en la municipalidad de Chongqing y líder del ala más izquierdista y conservadora. Y, aunque las circunstancias sean muy distintas de las que provocaron la defenestración de Zhao Ziyang, su salida trae ecos de las tradicionales luchas intestinas. Bo, de 62 años, claro aspirante a entrar en el Comité Permanente del Politburó -actualmente integrado por nueve miembros-, ha sido expulsado del Politburó (25 miembros), bajo sospecha de estar implicado en “graves violaciones de disciplina” y está siendo investigado. El mismo día que fue anunciada su destitución, su esposa, Gu Kailai, y uno de los empleados del matrimonio, Zhang Xiaojun, fueron acusados de ser “altamente sospechosos” del homicidio de un hombre de negocios británico, Neil Heywood, amigo de la familia. Pekín no ha explicado cómo murió el empresario, pero ha insistido que hay una investigación en curso y que “nadie en China está por encima de la ley”. Según la prensa británica, que cita, entre otras, fuentes cercanas a la policía, Heywood fue envenenado con cianuro potásico porque amenazó con desvelar un plan de Gu Kailai para sacar de China una gran suma de dinero. Afirman que Gu pidió a finales del año pasado a Heywood que le ayudara a evadir el dinero, y, cuando este le exigió una comisión mayor de la que ella estaba dispuesta a darle, ordenó que lo mataran. Otras informaciones mezclan las supuestas fugas de capitales y corrupción con la existencia de una relación íntima entre Gu y Heywood, y afirman que fue Bo Xilai quien mandó su asesinato.

El mayor escándalo político que vive China desde las luchas internas en el partido durante las manifestaciones de Tiananmen estalló cuando el país se disponía a celebrar este otoño el XVIII Congreso del PCCh, que dio entrada a una nueva generación de líderes, encabezada por el entonces vicepresidente, hoy eterno presidente, Xi Jinping, y el viceprimer ministro Li Keqiang, quienes ocuparon en marzo de 2013 la presidencia y la jefatura de Gobierno, respectivamente. La caída tumultuosa de Bo rompe el cambio hacia transiciones tranquilas iniciado en 2002. Ese año, en el congreso quinquenal, Hu Jintao heredó las riendas del PCCh de Jiang Zemin, en lo que fue calificado como el primer relevo de poder pacífico en la historia del partido. La caída del ambicioso y carismático Bo volvió a traer a la memoria las luchas e intrigas que marcaron el gobierno de Mao Zedong y el de Deng Xiaoping. Entre los dos, expulsaron a cinco sucesores designados.

Mao destituyó a su primer sucesor, Liu Shaoqi, durante la Revolución Cultural (1966-1976) por capitalista. Murió en prisión. Fue sustituido por Lin Biao, quien falleció en un extraño accidente de aviación en 1971. Fue acusado de haber intentado dar un golpe contra Mao. El tercer sucesor, Hua Guofeng, del cual se dice que Mao le dijo poco antes de morir “Contigo a cargo, mi corazón está tranquilo”, fue apartado por Deng en 1977, un año después de la muerte del Gran Timonel. Deng había sido purgado dos veces por Mao antes de regresar y asumir el poder. En 1987, Deng Xiaoping destituyó a su propio sucesor, Hu Yaobang, por simpatizar con manifestantes prodemocráticos. Fue reemplazado por Zhao Ziyang. La muerte de Hu Yaobang en abril de 1989 fue la chispa que desencadenó las protestas de Tiananmen. Un mes después, Zhao Ziyang cayó también en desgracia.

El último elegido por Deng, Jiang Zemin, sí finalizó su mandato. Logró deshacerse de sus potenciales rivales y se mantuvo en el cargo durante la siguiente década hasta que entregó el poder a Hu Jintao. En 1995, Chen Xitong, exalcalde de Pekín y miembro del Politburó, fue apartado. Tres años más tarde, fue condenado a 16 años de cárcel por corrupción. Chen era integrante de la facción de Pekín, rival de la facción de Shanghai de Jiang Zemin. En 2006, tras la llegada de Hu Jintao, el secretario del PCCh en Shanghai y miembro del Politburó, Chen Liangyu, fue purgado y condenado posteriormente a 18 años también por corrupción. La caída de Chen Liangyu -hombre cercano a Jiang- fue vista como un movimiento orquestado por Hu para consolidar su poder y deshacerse de un rival. El Gobierno se apresuró a difundir en los medios oficiales que la destitución de Bo Xilai no tuvo nada que ver con disputas políticas. Mientras, se cerraron páginas neomaoístas, que defendían a Bo y hablaban de una purga. Algunos rumores en Internet señalaron que los partidarios de Bo Xilai intentaban hacer descarrilar el relevo generacional en el congreso y hablaron de un golpe de Estado. En los cafés y restaurantes en Pekín, no es extraño oír hablar estos días del caso, y funcionarios del Gobierno reconocen que siguen con pasión las noticias sobre el líder caído en la prensa extranjera.

Pocos analistas y observadores políticos tienen dudas de que el hundimiento de Bo Xilai se debió a algo más que “graves violaciones de disciplina”. “La limpia de Bo no es una victoria de la justicia y no es un logro de la justicia, más bien es una prueba clara de que el partido está por encima de la justicia”, ha escrito en Twitter el artista y disidente Ai Weiwei. El estilo extrovertido y claramente ambicioso del exdirigente de Chongqing había provocado rechazos en un partido donde las salidas de tono y el protagonismo abierto son vistos como ofensivos por muchos dirigentes. Según algunos analistas, la salida de Bo indica la existencia de una lucha de poder entre el ala conservadora del partido y la liberal. “Bo Xilai no ha caído por las acusaciones de que era un corrupto y los supuestos abusos e ilegalidades que cometió durante la campaña que lanzó contra la corrupción y la criminalidad en Chongqing sino solo porque su estrategia para hacerse un hueco en el Comité Permanente fue heterodoxa”, afirma un hombre de negocios extranjero, buen conocedor de China.

“55 días en Pekín” es una película estadounidense de 1963 producida por Samuel Bronston, dirigida por Nicholas Ray y con los actores Charlton Heston, Ava Gardner, David Niven… En aquellos años poco se conocía de lo que ocurría en China. Hubo que esperar a ‘La diplomacia del ping-pong’. Se refiere a un intercambio de partidas de tenis de mesa entre jugadores chinos y estadounidenses a comienzos de la década de 1970, las cuales tuvieron destacables implicaciones políticas posteriores. De hecho, este suceso marcó el comienzo del deshielo en las relaciones entre la China comunista y los Estados Unidos, además de que pavimentó el camino para la histórica visita al país asiático realizada en 1972 por el entonces presidente Richard Nixon. “55 Days at Peking”, ambientada durante el levantamiento de los bóxers, en Pekín, la película narra el sitio al que se vieron sometidas las embajadas de las potencias extranjeras en 1900.

China se halla bajo la ocupación de las potencias occidentales, que se reparten su territorio en zonas de influencia. Los misioneros cristianos predican su religión y destruyen las estatuas de Buda. Esto provoca una revolución nacionalista, la de los boxers, que quiere la expulsión de todos los extranjeros de China. Una compañía de marines de los Estados Unidos, al mando del mayor Matt Lewis (Charlton Heston), llega a Pekín con la misión de evacuar la embajada estadounidense pero el embajador británico, Sir Arthur Robinson (David Niven), decide quedarse y eso hace que todos los demás embajadores se queden también, al saber que una columna de socorro de 2.000 soldados se halla en camino. El 20 de junio es asesinado el embajador alemán y el mayor Lewis, puesto al mando de las fuerzas militares extranjeras, organiza la defensa del barrio de las legaciones extranjeras con los 500 hombres de que dispone. Cuando el ataque se produce, 6.000 bóxers se lanzan al asalto y sólo la disciplina, la profesionalidad y la superioridad armamentística logran rechazar el ataque, comenzando así un cruento asedio.

La emperatriz viuda nombra a un nacionalista, el príncipe Tuan, ministro de Asuntos exteriores y decide apoyar la rebelión, ordenando al ejército regular chino, que ataque a la columna de socorro, frenando con esto el avance del almirante británico Seymour. Mientras, los asediados rechazan un ataque tras otro, ofreciendo una dura resistencia, pero se ven obligados a replegarse cada vez más, presionados por la superioridad numérica de los asaltantes, y porque a las milicias bóxers se les ha unido ahora el ejército regular chino. Entretanto, el comandante Lewis inicia una relación con la baronesa rusa Natalia Ivanoff (Ava Gardner), una bella mujer viuda de un oficial ruso, repudiada por la sociedad y acosada por su cuñado el barón Sergei Ivanoff, que ha decidido quedarse para ayudar al doctor Steinfeldt como ayudante. La situación se torna insostenible, faltan medicinas y alimentos para los heridos. La baronesa Natalia consigue una tregua y sale a conseguir medicinas, pero es atacada a traición y herida de bala en un brazo. El mayor Lewis intenta una salida para contactar con la columna de socorro, pero no lo consigue y regresa también herido. La situación se vuelve desesperada. La baronesa Natalia se niega a que le amputen el brazo para evitar la gangrena y muere.

Los defensores se preparan para ofrecer una última resistencia, pero la columna del almirante Seymour logra abrirse paso a través del ejército chino y el 14 de agosto alcanza el barrio de las delegaciones extranjeras, rescatándolas tras 55 días de duro asedio y obligando a la emperatriz a rendirse y plegarse a las exigencias de las potencias extranjeras. El mayor Lewis abandona Pekín con los soldados que le quedan, y se lleva a la hija del sargento Harry, muerto en la lucha. La llamada Alianza de las Ocho Naciones terminó por aplastar la rebelión. Se trata de una superproducción en el mejor estilo de Hollywood, debida al famoso Samuel Bronston. Filmada en Las Rozas de Madrid (Madrid) utilizando más de 500 extras españoles (roceños en su mayoría), y asiáticos. Los actores españoles Alfredo Mayo, Conchita Montes, José Nieto y Fernando Sancho, aparecen en papeles secundarios.

La película supuso el derrumbamiento de Nicholas Ray, que debió abandonar el rodaje antes de su finalización, al sufrir un colapso por el abuso de alcohol y estupefacientes. La película fue terminada por los directores Guy Green y Andrew Marton. Nicholas Ray no volvió a dirigir una película hasta la década de 1970, apoyado por su amigo Dennis Hopper. Según cuenta Charlton Heston, en sus memorias “In the Arena”, tal derrumbamiento vino precipitado por una agitada velada en el chalé que ocupaba Nicholas Ray en Las Matas: Ava Gardner reprochó duramente al director su actitud profesional. Charlton Heston, tras la marcha de Guy Green por requerimientos de contrato, se encargó de dirigir las escenas que faltaban, según confirma Heston en su autobiografía. La escena del baile en la película es de las más memorables de la historia del cine, por la gran calidad de los actores que la interpretan, en la misma, la Baronesa (Ava Gardner) luce el famoso collar y el Mayor Lewis (Charles Heston) se enfrenta al grupo de bóxers, lo que provoca el entusiasmo del embajador alemán, lo que posteriormente le cuesta la vida.

Recientemente visité la ciudad de La Habana y me reuní con algunos periodistas con quienes editamos tres revistas a finales del pasado siglo XX. Los títulos de las publicaciones eran ‘Mar Caribe’, ‘Récord’ y ‘Habanera’. En nuestras tertulias trimestrales en la capital de Cuba, nos apasionamos… con temas de la actualidad. En esta última ocasión, en el Hotel Inglaterra, en plena Habana Vieja, muy cerca de una de las ‘esquinas calientes’ más famosas de la ciudad de las columnas, como la definía el escritor Alejo Carpentier, China acaparó buena parte del encuentro de veteranos periodistas. En las charlas la realidad se confunde con la ficción y los cuentos de ‘Radio Bemba’, una popular y curiosa red social que impregna el ambiente vecinal de las entradas de los edificios de los oficialistas repartos de Vedado, Kholy, Miramar… Uno de los periodistas nos contó un cuento sobre la purga sufrida por un camarada que había ejercido de primer secretario del Partido en Pekín. Años después de su liderazgo político fue visto limpiando la plaza de Tiananmen. Un ciudadano pekinés le preguntó que cómo terminado de barrendero.

“Cometí varios errores. En una ocasión entraron a mi despacho y colocaron un retrato de Deng Xiaoping junto a otro de Mao Zedong. ¿Qué hace ese hijo puta en este salón? ¿Cuál de los dos?, le respondió el secretario del PCCh… Este fue primer error. Le mandaron a la provincia de Heilongjiang, el punto más septentrional de China al nordeste del país, compartiendo frontera con la Rusia de Vladímir Putin, en plena Guerra de Ucrania. Al llegar Heilongjiang fue nombrado también primer secretario. Una semana después de asumir el cargo, otro camarada le interrogó por qué no había acudido a la última reunión del PCCh. ‘Si hubiera sabido que era la última reunión del partido ya hubiera ido…”, le respondió el despistado mandatario, quien no paró de cometer varios errores de bulto ideológicos”. Le pasaron la cuenta. China no perdona a los heterodoxos. “Cuando China despierte, el mundo temblará”. ¿Hay que temblar ya?, nos preguntamos en Cancún.

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