Impulsan salas de lectura en José María Morelos: ocho espacios activos acercan los libros a la comunidad
José Guillermo Talavera Lucero, académico de la Universidad Intercultural Maya de Quintana Roo (UIMQROO) y mediador del programa Salas de Lectura “Libros en Cautiverio”, destacó que en el municipio actualmente funcionan ocho salas de lectura activas, gracias al esfuerzo de promotores que buscan acercar los libros a la población.
Talavera recordó que el Programa Nacional de Salas de Lectura, creado en el sexenio de Vicente Fox, surgió como una estrategia para enfrentar los bajos índices de lectura en el país. A diferencia de muchos proyectos, éste ha logrado mantenerse vigente independientemente del gobierno en turno, lo que lo convierte en una política cultural con continuidad.
“Es un programa noble: nos capacitan de manera gratuita, nos entregan acervos y nos acompañan en el diseño de proyectos adecuados a las condiciones de cada comunidad. La idea es abrir espacios donde los libros se acerquen a la gente, no donde la lectura sea vista como una obligación académica”, explicó el mediador.
Espacios para convivir, no para hacer tareas
El académico aclaró que las salas de lectura no son bibliotecas ni espacios escolares, sino lugares de convivencia en torno a los libros.
“Las dinámicas son sencillas, creativas y pensadas para que cualquiera pueda disfrutar la lectura sin sentirla como imposición. La meta es que los libros se conviertan en un pretexto para la interacción y el disfrute”, dijo.
En José María Morelos, añadió, ha habido mediadores desde hace más de una década, pero no siempre con continuidad. Sin embargo, con la llegada de más interesados y gracias a la difusión realizada desde la UIMQROO, hoy se cuenta con al menos ocho salas activas en diferentes comunidades.
Retos: falta de tiempo y acceso a libros
Talavera reconoció que uno de los obstáculos principales para que más personas se sumen como mediadores es la idea arraigada de que la lectura es solo para “intelectuales” o “académicos”. A ello se suma la dificultad de dedicar tiempo constante a las sesiones semanales y la escasa infraestructura en comunidades donde casi no existen bibliotecas.
Relató que esta falta de acceso se evidenció incluso con el paso del Librobus, cuando algunos maestros pedían a los niños no tocar los ejemplares “porque no los iban a comprar”. Sin embargo, el propio personal del programa aclaró que la finalidad era justo la contraria: que los menores se acercaran libremente a los libros, aunque no pudieran adquirirlos.
Un crecimiento paulatino
El mediador subrayó que el avance ha sido lento, pues, aunque en ocasiones hasta 30 personas se interesan en abrir una sala, no todas logran mantener la constancia requerida. Aun así, cada año el programa entrega nuevos acervos, lo que fortalece a las salas activas y permite la creación de círculos de lectura, otra variante del mismo esfuerzo de fomento.
“Mientras logremos que los libros lleguen a la gente y que la lectura se viva de manera accesible y agradable, estamos cumpliendo con el objetivo del programa”, concluyó Talavera.




