El “Brujo” que puso a Dziuché en el mapa y aún vive en su memoria
Hubo un tiempo en que Dziuché no dormía. El parque estaba lleno, los autobuses llegaban cargados de gente y las tiendas abrían hasta tarde porque el dinero circulaba como río en temporada de lluvias. Hoy, en cambio, el silencio pesa. Y muchos señalan un momento exacto en que todo cambió: la muerte de don Jorge Gómez Leslie, conocido como el “Brujo de Dziuché”.
Paulino Pech lo recuerda con una mezcla de orgullo y nostalgia. “Había muchísima gente. Venían hasta tres o cuatro autobuses diarios. Se llenaba el parque esperando turno”, relata. Don Jorge comenzó a curar después de establecerse en la comunidad, impulsado —según cuentan— por su relación con una joven del lugar. Con el tiempo, su fama cruzó fronteras estatales.
Curaba “maldad”, enfermedades que la medicina tradicional no siempre explica. “No cobraba como otros. La gente venía porque se estaba curando bien”, afirma Paulino. Lo describe como un hombre alto, moreno, de presencia fuerte. En los días de mayor auge, visitantes llegaban incluso desde el centro del país. Dziuché se convirtió en punto de referencia para quienes buscaban alivio espiritual y físico.
El impacto fue también económico. Don Jorge llegó a tener varias tiendas en la comunidad, un hotel y negocios en Felipe Carrillo Puerto. “Mucha gente se hizo de dinero gracias a todo lo que se movía aquí”, recuerda Paulino. Comerciantes, transportistas y familias completas encontraron sustento en ese flujo constante de visitantes.
Tras su fallecimiento, la actividad disminuyó de forma drástica. “No ha vuelto a haber uno como él”, sentencia. Aunque aún existen curanderos en la comunidad —algunos formados junto al propio Jorge Gómez Leslie—, el movimiento ya no es el mismo. La tumba del llamado “Brujo” permanece como recordatorio de una etapa que muchos consideran irrepetible.
Dziuché, dicen sus habitantes, fue próspero en aquellos años. Hoy permanece en una calma que para algunos es estancamiento. La figura de don Jorge Gómez Leslie sigue viva en la memoria colectiva, como símbolo de un tiempo en que fe, tradición y economía caminaron de la mano en este poblado del sur de Quintana Roo.




