Resisten el bordado tradicional en punto de cruz ante su desaparición generacional
La transmisión del bordado en punto de cruz enfrenta una pérdida acelerada en las comunidades mayas, donde la práctica ha dejado de verse en los patios y corredores familiares. El conocimiento que antes se heredaba de madres a hijas hoy sobrevive apenas en manos de mujeres comprometidas con mantener viva esta tradición.
Rubi Arabella Cauich Magaña, encargada de talleres desde la Dirección de Economía, aprendió el bordado desde niña al observar a su madre y a su abuela. Explica que esa cadena generacional prácticamente se rompió, pues las jóvenes ya no encuentran interés en estas labores que antes servían para convivir, aprender y generar ingresos.
De acuerdo con su experiencia, cerca del 95 por ciento de esta tradición se ha perdido: ya no es común ver a mujeres bordando fuera de sus casas como hace apenas un par de décadas. La ausencia no solo es numérica, también afecta la calidad y la destreza que antes se formaban con años de práctica cotidiana.
La instructora detalla que actualmente muchas mujeres de 30 o 40 años buscan aprender esta técnica, pero enfrentan mayores dificultades. El punto de cruz exige contar cada hilo con precisión y una concentración constante, habilidades que antes se adquirían desde la infancia y que hoy representan un reto para quienes se acercan por primera vez.
En los talleres impartidos en el parador turístico, observa que el aprendizaje puede ser lento, pero también profundamente emotivo. Quien borda, afirma, imprime parte de su estado de ánimo en cada puntada: los colores, el ritmo y los patrones revelan alegrías, nostalgias o preocupaciones.
Para Cauich Magaña, una prenda bordada a mano contiene mucho más que hilo y aguja. En cada pieza queda la memoria de quien la creó, un fragmento de su vida y de su carácter. Mantener viva esta tradición, insiste, es preservar ese vínculo íntimo entre identidad, emoción y arte.

