‘Apocalipsis’ inducido

Por Germán Gallegos Cruz

 

Atento recado para el peor de los arrogantes.

Mientras el arrogante Donald Trump se pitorrea del Acuerdo de París, que propone evitar un cambio climático peligroso, su país se tambalea con los estragos de dos huracanes peligrosos. Vean ustedes: El acuerdo establece un plan de acción mundial que pone límites al calentamiento global muy por debajo de 2ºC. El Acuerdo de París tiende un puente entre las políticas actuales la neutralidad climática que debe existir a finales del siglo. Pero el señor Trump se pasó por el arco de «triunfo» dicho acuerdo, siendo que representa al país más industrializado del mundo y por tanto el que más emite gases de efecto invernadero. Sólo un hombre con escaso razonamiento pudo desdeñar un acuerdo internacional que traería un respiro a nuestro planeta. Pero dice un refrán: Que en el pecado se lleva la penitencia. A unos meses de mandar al diablo a los 195 países que firmaron dicho acuerdo, se les apareció el chamuco a los texanos con el huracán «Harvey» que causó casi cuatro decenas de muertos e inundaciones sin precedente en la historia del estado de Texas. ¿Coincidencia o castigo? Vaya usted a saber, pero apenas tratan de recuperar el aliento los tejanos y llega el huracán «Irma» a la Florida. De igual forma, la ira de la naturaleza no da tregua a quienes la desafían de manera por demás irreverente. Hay viene en tercer huracán al hilo sobre Estados Unidos de Norteamérica. El huracán «José» apunta hacia la costa este del país de Donald Trump. Notemos que la naturaleza esta «enojada». Hay un acto de mediana defensa a tanta agresión humana. Huracanes por todos lados, terremotos que matan y destruyen. Pero la naturaleza quiere hacerse notar ante los oídos sordos de los ambiciosos de dinero. ¿Qué importa si se destruye pedazo a pedazo, el único lugar comprobado donde se ha manifestado la inteligencia y la vida humana? Prioritario para los irracionales es acumular riquezas. La ambición de poder y dinero ciega al ser humano. Y al final de cuentas ¿para qué ha servir ese dinero, el oro y el poder, si la vida acaba? Es increíble que los poderosos de la tierra sientan el temblor y no se hinquen (dice el refrán). ¿Se imaginan el daño irreversible que le hacen a nuestro planeta las pruebas nucleares de las potencias en ese rubro? Pues el mundo se está acabando, se está muriendo y en los estertores de su muerte nos llevará a todos. Esta sí que será el «apocalipsis» inducido. Es verdad que en tiempos pasados, la humanidad sufrió catástrofes naturales apocalípticas, pero nada se compara con la recurrencia de fenómenos naturales de los últimos tiempos. En un acto de «mea culpa», cada vez que compro madera, ya sea un barrote, poste o una hoja triplay, la conciencia me jode y me pregunta: ¿Sabes que eres cómplice de los talamontes, Germán? Y por supuesto que siento cargos muy pesados en mi ser. ¿Cuándo decidirá el género humano dejar de cortar árboles, dejar de producir contaminantes industriales, pruebas nucleares, etc. Vamos rumbo al matadero, porque no hay entendimiento. Los ríos, los arroyos, los lagos y hasta el mar están contaminados. Pronto estaremos comiendo nuestra propia mierda para subsistir. Un ejemplo cercano que demuestra el camino inequívoco de mi razonamiento: En Quintana Roo, hay ciudades como Tulum, que sólo el 10% de la población cuenta con un mal drenaje sanitario. Desde que arrancó el auge turístico, nunca vieron los gobernantes la necesidad de dotar de este servicio a la población. Puedo asegurar que el despegue de Tulum en materia turística se da desde la administración de Joaquín Hendricks y llegan los gobiernos de Félix González y Roberto Borge y nadie atendió esta necesidad. Prefirieron llenarse los bolsillos de dinero y que el pueblo se joda. Así que la contaminación del manto friático peninsular está en peligro apocalíptico también. Es increíble el desamor de los gobernantes de la tierra. Primero el lucimiento personal con su efímero poder. No piensan trascender en la historia, prefieren la ganancia pírrica volátil, las cámaras de televisión, la lisonja de alquiler, el acompañamiento de seres falsos con aparente poder, los salones babilónicos para sus inocuos eventos, etc. Pero el mundo se está desmoronando. No pretendo ser ave de mal agüero, ni profeta calenturiento. Tampoco rumorólogo que trata de espantar con el petate del muerto, pero francamente estamos destruyendo nuestro propio hogar. Pero dicen los que viven de los ciudadanos, que no pasa nada. Que la violencia es un fenómeno natural de las ciudades con crecimiento vertiginoso. Que vivir con miedo y con el Jesús en la boca es natural en las sociedades modernas. Claro que estamos parados en diferentes pisos. Nuestro ángulo de observación es diferente también. Ellos, los gobernantes, jamás sentirán la angustia de ser asaltados, robados, asesinados. Ellos tienen quién los cuide día y noche. Por eso su desdén hacia la sociedad. Mientras las casas de Donald Trump, Enrique Peña Nieto y gobernantes menores no se inunden por algún huracán y no se derrumben por algún terremoto, seguirán diciendo que no pasa nada. Aunque la amenaza del «apocalipsis» inducido esté a la vista.

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